EN CASA CON LOEWE

Minimalismo estadounidense, ebanistería británica y tradición española conviven en This is home, la nueva colección de muebles y objetos de Loewe con la que Jonathan W. Anderson, su diseñador, reivindica el valor de la artesanía.

Quiso llevar a Loewe a otra dimensión. Esa en la que cada una de sus colecciones también significara un hito en el mundo del diseño. Lo ha conseguido. Ahora la marca de origen español es un fenómeno que trasciende las pasarelas, siempre moderna y con un potente y sólido discurso que parte del imaginario de Jonathan W. Anderson, su director creativo desde 2013. «Ya en sus orígenes y a lo largo del siglo XX, Loewe ha sido una marca eminentemente intelectual. Una firma de artesanía con un talento increíble para hacerla. Ese es su poder. Mi ambición es convertirla en hecho cultural: crear un marco de ideas en el que el diseño sirva para modelar un mundo físico y también emocional», asegura el creador. Buena muestra de ello fue su primera visita al Salone del Mobile en 2015, ese escaparate al que cada primavera se asoma lo mejor del diseño internacional y en cuyas dos últimas ediciones ya ha estado presente la firma española. Lo hizo, además, aplicando un criterio muy personal: trasladar su universo referencial al de la firma, el mismo que comparte con sus amigos en su casa londinense, cuyos elementos decorativos se pueden rastrear, convenientemente estilizados, en los escaparates de la enseña por el mundo: «Era importante aportar algo de mi sustancia y este proyecto lo he desarrollado personalmente, porque nuestros clientes se merecen un 100% de mí». Su debut fue con un homenaje a la ceramista Lucie Rie, que consistía en 50 escultóricos boles de piel hechos junto al maestro gaditano José Luis Bazán. Un año más tarde regresó con una edición cápsula de muebles inspirados en el Grupo de Bloomsbury, en la que los oficiales de la manufactura cubrieron mediante marquetería seis piezas de roble de principios del siglo XX.

Ahora vuelve a presentar en Milán su contribución más completa al mundo de la casa bajo el título This is home. «Si antes la gente vivía más en la calle y la ropa enseñaba su mundo, ahora lo importante es invitar a amigos a tu casa: utilizarla para enseñar tus gustos, conseguir una comunión entre lo que somos y el espacio en el que habitamos. El mobiliario es mi obsesión y todo en esta colección gira alrededor de ella. Es una asombrosa utopía artesana. Se trata de construir esas cosas que tienen una función real y son bellas. Esas cosas que te hacen sonreír. Dentro de la disparidad de la propuesta, es un collage de retales de información: el mimbre trenzado, el motivo de estrella, la carpintería inglesa, los murales de punto… Me gusta pensar que la moda puede irrumpir en el hogar, reuniendo a distintos artesanos para crear nuevas formas y aplicar los oficios a la decoración. Así es como funciona el carácter de esta maison», explica el británico sobre lo que él define como «un horizonte de composiciones». En efecto, el conjunto lo forman piezas de decoración que incluyen una silla y bancos inspirados en el minimalismo estadounidense que combinan estructuras metálicas con paneles de rejilla, y también vasijas con detalles de cuero, alfombras circulares que evocan una noche estrellada, todas tejidas con lana, la misma técnica empleada en el mural abstracto con un conjunto de figuras masculinas desnudas a tamaño real, pantallas de lámparas, puffs y unas sorprendentes sábanas de piel. El hecho a mano es el nexo común que dota de coherencia a la propuesta. «Hemos trabajado con diferentes talleres. Las mantas son todas tejidas manualmente, las piezas de cerámica están pintadas en España…», cuenta Anderson quien es conocido por sus afinidades con el siglo que cambió la faz de Europa: muchos de sus diseños de moda, tanto para su propia firma como para Loewe, se inspiran en los periodos georgiano, victoriano y eduardiano; él mismo es coleccionista de mobiliario del siglo XIX y también de porcelanas de esa época… Por eso también apela en esta línea deco al movimiento Arts & Crafts, impulsado en el siglo XIX por intelectuales y artistas como respuesta a la uniformidad impuesta por la producción industrial. Sin embargo, lejos de acudir a sus miembros más notorios, como William Morris, el creador recurre a otros menos conocidos. Por eso, a la primera puerta a la que llamó fue a la del taller de Robert Thompson en Kilburn (North Yorkshire, Inglaterra), una institución en la ebanistería en roble macizo desde finales del siglo XIX y cuyo sello es un ratón tallado en cada uno de los objetos que esculpe. «Nuestras técnicas no han cambiado mucho a lo largo de estos años, seguimos usando las mismas herramientas y cada pieza se ensambla y termina en nuestro atelier –explican desde la carpintería–. En la era de la tecnología, la gente desea cada vez más cosas hechas a mano, porque sabe apreciarlas». El tiempo es el principal reto que reconoce Simon Cartwright, quinta generación al frente del negocio –el fundador, Robert Thompson, era su tatarabuelo–, en cuyo libro de encargos consta tarea a ocho meses vista. Por lo demás, la sintonía fue perfecta. «Nos contactaron, hablamos sobre el proyecto y varios miembros del equipo vinieron a visitarnos a Kilburn, así comenzó esta maravillosa colaboración. Loewe y Robert Thompson somos firmas que compartimos una herencia, algo que hemos querido celebrar en esta pequeña serie de piezas excepcionales y únicas, con materia prima y acabados de altísima calidad». Las de esas manos sabias que han hecho célebres a sus artistas, conocidos como mousemen, porque todos los muebles que emergen a golpe de cincel y entre virutas llevan un roedor tallado. También los creados para Loewe: estos animales son el motivo principal de la bandeja donde corretean hasta 13 ejemplares; otros tantos suben por la escalera, uno se encarama al pie de lámpara; están presentes en el llavero y el mueble que completan la serie. Cuenta la leyenda que tan singular firma procede del comentario de uno de los trabajadores que suspiró: «Somos tan pobres como ratones de iglesia». Al oírlo, Thompson esculpió uno en el panel en el que trabajaba en ese momento precisamente para un templo, y desde entonces los pequeños roedores se esconden en sillas, mesas, aparadores, armarios, bancos, camas, escritorios… No hay dos iguales

De estas en apariencia toscas piezas esculpidas a mano sobre roble, la línea se amplía hacia sillas y bancos de aspecto más sencillo. «Están inspirados en una exhaustiva investigación en torno al arquitecto y diseñador Baillie Scott (1865-1945), que fue de los primeros en empezar a usar formas lineales reducidas, influencia fundamental del minimalismo o de artistas y diseñadores contemporáneos como, Donald Judd», explica Jonathan. La complejidad del entramado referencial de Anderson se amplía desdibujando los límites históricos: los bancos incluyen, a modo de cojín, retales de cuero apilados uno sobre otro, por influencia directa y asumida «de uno de mis artistas contemporáneos favoritos: el cubano Félix González-Torres (1957-1996)», conocido por sus esculturas o instalaciones que funcionaban como torres de papeles impresos que el espectador podía deshojar y llevarse consigo. No es la única referencia: otros incorporan siluetas de rostros y hasta figuras humanas tejidas, a modo de mantas o tapices de pared. Estas parecen aludir a Anthea Hamilton, artista nominada en los últimos Premios Turner, de la que Anderson posee alguna pieza. «Lo incluí porque quería algo que definiese dónde está el ser humano hoy. La idea del contorno y la del retrato como recipiente. Me intrigaba formular el cuerpo humano en punto, tejer humanos…Hay algo que se pierde cuando extraemos el cuerpo real a esa idea de pura silueta», reconoce. Como también que su disposición, en trío, muestra «una sexualidad abierta. Es algo que siempre me ha obsesionado: cómo definimos la sexualidad y cuánto nos puede llegar a asustar. Efectivamente, este proyecto me explora a mí mismo como persona».

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