LA ARMADA INGLESA

January 2, 2018

Cuna de genios irreverentes y plataforma de la más rabiosa creatividad, Londres se consolida como la capital del talento emergente. Una prometedora hornada de diseñadores viene a confirmar el éxito de la factoría que no cesa.

 

 

A pesar de las crecientes tendencias uniformizadoras, Londres está todavía lleno de insólitas inmediateces de épocas y estilos, de contrastes arquitectónicos y humanos. Más que la sucesión o la mezcla, ambas creadoras de unidad, aquí domina la incrustación: lo viejo en lo nuevo, Oriente en Occidente, lo privado en lo público… Y uno de los ejemplos más gráficos de esta nueva sociedad multicultural británica es el barrio del East End. Esta zona, en la que por 1888 Jack el Destripador sembraba el terror, la vida del deforme Hombre Elefante era continua referencia en los diarios, en el que el hambre, la enfermedad y la pobreza campaban a sus anchas hasta hace muy poco, es hoy uno de los más importantes hervideros culturales de la ciudad, donde se congregan más de 10.000 artistas. Un barrio definitivamente cool, que acoge a numerosos inmigrantes surasiáticos que llegaron en la década de los 50 y, atraídos por los bajos precios de la zona, se asentaron allí. Motivo que también empujó a una profusión de artistas y diseñadores al barrio: hacinados en pequeños cuartos en el oeste, en el este podían costearse espacios diáfanos gracias a la amplia tradición industrial de la zona. El sueño de cualquier artista. Desembarcaron galeristas, llegaron las tiendas de diseño, ropa moderna, restaurantes… Hasta convertirse en una de las áreas culturalmente más boyantes, y también de las más codiciadas.

 

Este nuevo corazón de la capital palpita, y al ritmo de sus latidos nace la moda del nuevo siglo. Del St. Martin College of Art & Design, la reputada fábrica de genios de la elegancia, ya han salido los sucesores de John Galliano, Katherine Hamnett o Alexander McQueen. Jóvenes creativos que dan sus primeros pasos con la fundada esperanza de que la excentricidad británica les permita el acceso al club de los grandes diseñadores. Su arma, la capacidad de asumir las banalidades de la vida, jugar con ellas y revisarlas mediante el lenguaje clásico de la moda. Se proponen levantar un imperio: el nuevo reino de la excentricidad e innovación. Su punto neurálgico de operaciones era el colegio Rochelle, en Arnold Circus. Este edificio victoriano de 1899 albergaba en su interior a las nuevas cabezas del british fashion system, que desde diferentes enfoques, inquietudes y soportes, dotan a la moda inglesa de un sabor inconfundible frente a París y Milán. Las aulas se convirtieron en los estudios de los diseñadores Giles Deacon, Luella Bartley y Katie Hillier; y de otros artistas, como el pintor Luke Gottelier y el músico Steve Mackey –antiguo miembro del grupo Pulp–. Además, Juergen Teller, Phoebe Philo, David Sims o Stuart Vevers fueron sólo algunos de los asiduos a las instalaciones escolares que ya las consideraban como su hogar. Estudios atestados de retales, maniquíes con pruebas de diseño, tijeras y dedales, tizas y cartulinas, tul y prendas descosidas, ayudantes agotados y modelos aburridas a la espera de su fitting; irrupciones de un estudio a otro y un flujo  constante de ideas. “Casi todos nos conocíamos con anterioridad: Luella de St. Martins y a Steve por su novia Katie Grand, gran amiga mía de St. Martins. No es coincidencia que acabásemos en el colegio, pues el fin que buscaba James Moore, su propietario, era reunir a los talentos más relucientes del panorama británico bajo un mismo techo”, comenta Giles. En el 2000, James Moore –pintor, comisario de la Bienal de Liverpool, fundador de A Foundation y ex de Luella Bartley– adquirió por dos millones de libras el colegio, con la intención de transformarlo en un estudio con personas provenientes de diversos campos de la creación.

 

 

No siempre fue considerado un paraíso terrenal de la costura. La prostitución y la criminalidad sacudían las calles; los vagabundos acampaban en los aledaños y los robos se sucedían con frecuencia. “Cuando nos mudamos en el 2003, este ambiente de violencia y agresividad no nos disuadió en absoluto. Para contrarrestarlo adoptamos pavorreales y los instalamos en jaulas en el tejado. Al mismo tiempo, fue un acto de bienvenida hacia nuestros vecinos, la mayoría de Bangladesh, ya que esta ave proviene de esas tierras”, continúa Deacon. El diseñador cuenta que para ser creador es imprescindible saber mirar, analizar, admirar y reflexionar sobre el trabajo de los artistas que le rodean, pues acotar el espacio intelectual le resulta incómodo, porque muchas veces el terreno del arte no cumple con sus expectativas. “Desde el dibujo de algún compañero, a los muebles de Hans Bellman o dibujos de Colin Self, como las mil tonalidades del ladrillo, del chocolate de las plazas georgianas al rojo encendido de barrios, como el que se extiende al oeste de Sloane Street, o el fantasioso cromatismo que cubre los puentes y los mercados victorianos. Cualquier rincón tiene hueco en mi archivo mental”. La colaboración entre ellos es palpable, por ejemplo, Stevie realizaba la maqueta musical para los shows de Deacon o Bartley, y Katie diseñaba junto con Luella los complementos para sus desfiles. O surgen joint ventures, como el de Stuart Vevers, por aquel entonces diseñador de Mulberry y ahora de Coach, con Giles, produciendo los complementos cada temporada para completar su trabajo. En aquellos años, 2007, el East End era un microcosmos que reunía lo mejor de Londres. Un verdadero filón de creatividad: estudios, galerías, jazz, teatro… El último bastión de lo que fuera un gran barrio industrial, era un llamativo foco de creatividad, gracias a la profusión de centros como el Rochelle School, y que el resto de barrios colindantes se fueron contagiando y surgiendo cabezas creativas como Erdem Moriaglu, Mary Kantratzou, Jonathan Anderson y Peter Pilotto, entre otros. Pertenecen a una generación que ha vuelto a atraer la repercusión mediática a una semana de la moda pequeña, moderna y vanguardista, como es la de Londres.

 

 

ERDEM

“Lo clásico y lo caótico dentro de un paquete sumamente elegante. La suya es una carrera definitoria”, opinaba el famoso crítico Tim Blanks en Style.com. “¿Demasiado batiburrillo? ¡Claro que no! Es Erdem”, exclamaba Suzy Menkes, editora de Condé Nast. Aplausos, aplausos y más aplausos, eso es lo que lleva cosechando el diseñador Erdem Moralioglu con cada colección que presenta en London Fashion Week desde hace ya 10 años. El trabajo artesanal que llevan implícitas todas sus prendas es tan exquisito que perfectamente podría rivalizar con la más que respetable Alta Costura parisina. Sumergido en un discreto taller en Bethnal Green, Erdem Moralioglu confecciona pequeñas obras de arte hechas vestido. Colores vehementes, explosivos y bordados, y cortes que rozan la costura son las marcas de fábrica de su firma Erdem. Con el catalejo puesto en el siglo XIX –donde ha encontrado la forma, el espíritu y la magia para sus piezas–, entiende la moda como expresión artística. “Creo que Londres ha crecido de muchas formas en los últimos años y ahora la industria aquí está en su mejor momento. Para mí es el perfecto catalizador de tendencias y un gran sitio donde presentar mi trabajo”, asegura el protagonista. No sólo es el niño mimado –tiene 38 años– de la industria, también posee una lista de clientas realmente admirable: Anne Hathaway, Jessica Chastain, Gwyneth Paltrow, Keira Knightley y Alexa Chung eligen asiduamente sus diseños, una mezcla perfecta entre sofisticación, inocencia e intelectualidad. 

 

En contra de lo que pueda parecer, su historia no ha sido un camino de rosas. De padre turco y madre inglesa, Erdem y su hermana melliza nacieron en Montreal, donde creció. “Gracias a haber tenido padres de dos sitios diferentes, mi trabajo está siempre lleno de grandes contrastes y creo que, de manera inconsciente, vuelco cierta sensación de desarraigo en cada colección”. En sus últimos años de instituto tuvo claro que quería ser diseñador, así que elaboró un portafolio y lo envió a Ryerson, la única escuela de moda existente en Canadá. Una vez en la universidad, pidió un traslado a Gran Bretaña y cuando acabó decidió inscribirse en un máster del Royal College of Art. La mala suerte se cruzó en su camino y, en el mismo momento en el que supo que estaba aceptado, su padre enfermó de cáncer y la familia decidió poner todos sus recursos en su recuperación. Aún así, Erdem no se rindió y ganó una beca que le permitió llevar adelante sus estudios.

 

El fallecimiento de su padre supuso un golpe muy duro para él, pero decidió volver de Montreal a Londres para perseguir su sueño. Consiguió un trabajo como ayudante de Diane von Furstenberg y en 2005 creó, por fin, su propia marca. Sólo dos años después, en 2007, su destino se volvió a truncar; su madre fallecía repentinamente a causa de una vasculitis. Ahora, cuando ya han pasado 10 largos años desde esos turbulentos inicios y recién estrena su primera tienda en el londinense barrio de Mayfair, Erdem echa la vista atrás y recuerda los momentos a los que guarda más cariño: “No puedo olvidar la emoción que sentí la primera vez que vi por la calle a una desconocida llevando una de mis prendas; ahí es cuando me di cuenta de que mi firma se podía convertir en algo grande”. Conocido como el ‘Lacroix’ de Londres, Erdem cede el protagonismo a las sedas, los encajes y los estampados pintados a mano. “Es importante sentir que cada prenda es especial e individual. Igual que las mujeres que visto”. Para esta primavera, la locura de la pradera (‘Prairie Madness’) contagia su colección. “Una enfermedad del siglo XIX”, dice, refiriéndose a la agorafobia y la depresión que experimentaban los inmigrantes que llegaban a las grandes llanuras de Estados Unidos. Para los colores y los estampados, también se fijó en los cuadros de Andre Wyeth, un pintor norteamericano costumbrista. 

 

 

SOPHIA WEBSTER

Propios de un cuento infantil, Sophia Webster comenzó a diseñar zapatos mientras estudiaba en el Camberwell College of Arts. Fue allí donde se dio cuenta de que lo suyo era esto. “Teníamos un ejercicio de dibujo de moda al natural, y lo que más me gustó hacer fueron los zapatos”, asegura. Tras conseguir vender su colección de fin de máster a la tienda londinense Browns, fue fichada por el zapatero prodigioso Nicholas Kirkwood como primera ayudante, con la promesa de que le ayudaría a lanzar su primera colección y a mejorar sus habilidades artesanales. Una vez preparada, llegó su debut: ‘Welcome to the Dollhouse’ –primavera/verano 2013–, y su éxito fue rotundo. Oníricos, originales y muy reconocibles, sus diseños enseguida llamaron la atención de los gurús de la moda y estrellas de la alfombra roja. Y no es de extrañar, porque cada modelo transmite felicidad y alegría. Frutas, lunares, geometrías imposibles, plumas, combinaciones de texturas, flores, alas de ángel... Nada se escapa en el universo de ensueño de Sophia, en el que da rienda suelta a su imaginación y consigue plasmar en sus creaciones un mundo de fantasía no apto para tradicionales.

 

 

PREEN BY THORNTON BREGAZZI

Justin Thornton y Thea Bregazzi forman el binomio que se esconde detrás de la etiqueta británica que debes grabar en tu lista de firmas a seguir: Preen. Llevan más de una década triunfando en el panorama fashion, donde sus minivestidos se cotizan al alza cada temporada gracias al especial sello de la casa, una genuina mezcla de sex appeal y sofisticación a partes iguales. Para la creación de la firma, Justin cuenta que se inspiró en los juegos de porcelanas blancas y azules que tenía su abuela y en las motocicletas que recorrían la Isla de Man. Tejidos que marcan silueta en su justa medida, transparencias seductoras, asimetrías perfectas, superposiciones minimalistas y apuestas monocolor son algunos de los ingredientes que emplean en sus creaciones, piezas must-have con las que han conseguido enamorar a celebrities de la talla de Gwyneth Paltrow, Chloë Sevigny y Kate Bosworth, entre otras. 

 

 

PETER PILOTTO

En Perú, donde su abuelo trabajaba como sastre, Chris de Vos descubrió su auténtica fascinación por el oficio. “A pesar de ello, comencé a estudiar arquitectura hasta que descubrí la Royal Academy of Arts de Amberes y me decanté por la moda”, recuerda. Fue allí donde, en 2000, conoció a Peter Pilotto, la otra cabeza creativa de la firma homónima. Y juntos decidieron lanzar su colección de prêt-à-porter en el Londres de 2007. Las vanguardias técnicas de estampado digital –con métodos de inyección– que utilizan para dar color a sus sofisticados diseños se han convertido ya en su seña de identidad. “Cuidamos mucho los detalles –explica Peter. Analizamos cómo las proporciones de los estampados trabajan en el cuerpo, cómo los colores encajan con los tonos de piel y en qué prenda se ven mejor...”. ¿El resultado? Un delirio colorista, en sorprendente armonía visual, convertido en su particular firma sobre cada uno de sus diseños. Las prendas pasan de ser amplias y voluminosas a ceñidas y ajustadas en la cintura y cadera. Para primavera se han embarco en un safari por el desierto con una actitud mediterránea. ¿Cómo se traduce a nivel aguja y dedal? Tejidos de punto tan finos como la espuma del mar, algunos con cristales de Swarovski; faldas largas y vaporosas, y pantalones que se mueven al vaivén de las pisadas cual olas; impermeables rematados con encaje de Chantilly...

 

 

MARY KATRANTZOU

Una película de 1988 del cineasta Emir Kusturica fue el punto de arranque inspiracional de la ateniense Mary Katrantzou para su desfile de primavera: ‘El tiempo de los gitanos’. La diseñadora sólo tenía cinco años cuando se estrenó en su momento en los cines. De esos recuerdos brotaron colores y estampados de lo más diversos. “Me fijé en los elementos que forman las bodas que se celebran en los Balcanes mezclados con piezas propias de los países mediterráneos. Todo con un guiño a la cosmología. Por ejemplo, los estampados poseen motivos intrincados de los grabados del siglo XIX que describían la Tierra como plana y las estrellas desarrolladas en el mar”. Un trabajo reflejado en cada una de sus creaciones que rozan más la costura que el prêt-à-porter. Puntadas que predica desde sus inicios con su primera colección, en 2008, con tejidos estampados de colores vivos, mezclados con la tecnología más avanzada y un diseño digital sin igual. Y es que hasta la fecha, dentro de los creadores emergentes londinenses, ningún diseñador realizaba los dibujos de sus prendas con impresiones digitales. Sin embargo, aunque las ilustraciones en sus piezas son su signo de identidad, continuamente trata de escapar del encasillamiento. Con cada colección, evoluciona y adorna sus creaciones con ricos bordados y los reinterpreta con prendas de punto y otros tejidos. 

 

Desde sus inicios tenía claro que su carrera artística estaría marcada por tejidos sumamente adornados. Por lo mismo, tuvo que aprender a hacerlo sola, a través de programas de retoque en el ordenador. Así, sus vestidos esconden figuras tan sorprendentes como frascos de perfume, filigranas de los huevos Febergé, fotografías de inspiración japonesa, sellos o decorados de interiores del siglo XVIII, manipulados digitalmente con Photoshop. Son delicados y, a la vez, surrealistas. Primero, la diseñadora comienza visualizando un concepto y después trata de crear un collage, ya sea a partir de imágenes que diseña desde cero o con una fotografía. Después, procesa digitalmente, formando un diseño que sirve ya para la colección. A continuación, eso lo transforma en una imagen en dos dimensiones y lo revisa para asegurarse de que la escala corresponde literalmente con la de una figura humana. Se podría definir como una guía para pintar a partir de cero, casi como si el ratón del ordenador fuera un pincel. “Cuando empecé en esto de la moda, las mujeres en general tenían miedo de lucir impresiones, así que en realidad tenía que ser tenaz y constante para ofrecerlas algo único, deseable y halagador, y que realmente empujase los límites de la impresión en 3D. Ahora, decorar un vestido con una impresión digital es tan efectivo y reclamado como hacerlo con un pliegue, corte o volante”, afirma.

 

Hija de un ingeniero textil y una diseñadora de interiores, el interés de Katrantzou por la innovación tecnológica es anterior a su afición por la moda. Antes de zambullirse de lleno en este universo, estudió arquitectura en Estados Unidos, en Rhode Island School of Design, y más tarde realizó un máster especializado en diseño textil para interiores en la escuela londinense Central Saint Martins. “Casi seguro que mi madre, que es diseñadora de interiores, influyera en cierto modo en mi inclinación artística”, asegura. Aquel minucioso estudio de la historia del arte y las artes decorativas es un valor añadido  a cada uno de sus diseños, donde establece un diálogo entre realidad e ilusión, siempre presente en su imaginario. Aunque parezca mentira, Mary aprendió por sí sola a realizar el enfoque que quería en sus diseños. Fue precisamente en el centro inglés donde obtuvo los conocimientos adecuados para orientar su trabajo y ser considerada en la actualidad la reina de las impresiones digitales femeninas. Una auténtica revolución al servicio de la mujer.

 

 

CHRISTOPHER KANE

Imagínate que eres un posgraduado de 23 años de Motherwell. Tu trabajo se ha publicado en un artículo sobre diseñadores estudiantes de la revista Vogue USA y, más tarde, la propia Anna Wintour aparece por sorpresa en tu show de graduación. Ella, tras verlo, te recomienda encarecidamente que conozcas a Donatella Versace, sí, la misma, y en menos de una semana estás con los pies en Milán. Los siguientes 12 meses se te pasan volando y tus dos desfiles de la semana de la moda londinense han sido los más aclamados, a la vez que eres consultor de las colecciones de Versace y estás montando tu propia firma, y celebrities de la talla de Kate Moss y Chloë Sevigny se pasean con tus outfits. ¿Ya te has hecho la imagen en la cabeza? Pues así fue el arranque del británico Christopher Kane.

 

Han pasado más de 10 años desde que se graduó; sus desfiles continúan siendo de los más elogiados de la moda inglesa y hace unos años, vendió su marca al holding Kering, el gigante de lujo que resguarda bajo su paraguas empresarial casas como Alexander McQueen, Gucci y Balenciaga. Sin embargo, a sus 33, ha logrado mantenerse como uno de los diseñadores estrella más desconocidos del mundo. Desembarcó en la semana de la moda de Londres con la colección de primavera-verano 2007. Su hermana Tammy se ocupaba del negocio y él, del diseño. Un modelo que todavía funciona. En aquella primera temporada, sus minivestidos se pegaban al cuerpo y lo recortaban cual rotulador fluorescente. Con cinturones industriales y bandas elásticas de neón encapsulaban el retorno al hedonismo de la cultura rave. En el barroquismo sexual de aquellos primeros diseños ya se adivinaba que Kane siempre estuvo cerca de Versace. “Todo eso de ser ‘el’ diseñador... Sólo quiero que se fijen en mi trabajo. No quiero que la gente sepa adónde voy de vacaciones: te vas de vacaciones para relajarte, no para hacerte selfies”, confiesa. 

 

Fiel a su palabra, el perfil público de Christopher Kane se mantiene profesional, mientras sus diseños se han convertido en algo a prueba de balas. Para ser alguien a quien le gusta su privacidad, Kane ha estado muy expuesto al público en el último año. Louise Wilson –su querida profesora y amiga– falleció repentinamente en mayo de 2014 y el creador se inspiró en ella para su colección primavera-verano 2015 y en febrero de este año –la noche antes de ir a honrar a Wilson en la catedral de Saint Paul–, su madre Christine falleció también en circunstancias similares. “Estas cosas te hacen más fuerte. Ambas formaron parte de mi vida. Sin mi madre no habría diseñado los vestidos con ilustraciones realistas”, confiesa, haciendo referencia a su colección otoño-invierno de 2015 y añade: “Ella me convirtió en lo que soy y eso es único. Y Louise, en cierta manera, también influyó en mi personalidad y mi trabajo”. Gracias al estilo al que siempre ha sido fiel, Kane se ha convertido en un líder de la ola neofeminista con los tonos neón y estampados superpuestos.

 

 

GILES

Ese niño que soñaba con ser biólogo y vivir entre lagartos y especies animales es ahora uno de los responsables del resurgir de la moda británica. Tras estudiar un curso de arte y decidir que la moda era su destino, Giles Deacon ingresó en la Central Saint Martins. Alexander McQueen y Luella Bartley ocupaban las aulas contiguas, y Londres renacía de entre sus cenizas estéticas. “Éramos jóvenes que disfrutábamos aprendiendo un oficio. En ese sentido, Londres era una ciudad única. Aquí compartes tu trabajo, no lo escondes de los demás; todo el mundo se ayuda y existe una competitividad saludable. Nadie copia, el diseñador busca marcar su personalidad”. Los clubes acogían las tertulias de moda más estimulantes y su juventud los hacía invencibles frente a los patrones. Aquí surgió el flechazo con su compañera inseparable Katie Grand, directora de moda de publicaciones como Dazed & Confused y The Face, ahora editora de la revista Love, y una de las estilistas más influyentes de todos los tiempos. Tras exhaustivos trainings en Bottega Veneta y asistir al mismísimo Tom Ford en Gucci, decidió crear su propia etiqueta en 2003. “Cuando me aventuré con mi primera colección, Londres estaba de capa caída. Stella (McCartney) y (Alexander) McQueen desfilaban en París y no había nada destacable aquí. Podría haber desfilado en otro lugar, pero decidí quedarme. Esto ayudó a que otros diseñadores se animaran a hacerlo y, poco a poco, Londres fue recuperando su vocación de capital internacional de la moda”. Al ritmo de Steve Mackey, miembro de Pulp, el modisto logró que desfilaran para él algunas de las modelos más importantes del momento: Karen Elson, Eva Herzigova o Nadja Auerman. La colección recibió críticas unánimemente positivas. La carrera de Deacon había despegado y hoy, su estética rebelde, continúa en el estrellato.

 

 

J.W. ANDERSON

Existen dos Anderson, tan sólo diferenciados por una segunda inicial. J.W. Anderson, artífice de la etiqueta más demandada y ambiciosa de Londres, deja la W en su casa londinense de Dalston cuando sube en el tren Eurostar de camino a las oficinas de Loewe, para convertirse en Jonathan Anderson. Sin embargo, este irlandés de tez pálida y pelo rubio pajizo revuelto, interesa desde 2008 por su etiqueta de culto en cada una de las semanas de la moda de Londres. Su estética de diseño único ofrece una interpretación moderna de la masculinidad y la feminidad, creando siluetas que hacen reflexionar a través de una consciente polinización cruzada entre elementos del armario varonil y femenino.

 

Creció en la Irlanda del Norte de los años 90, bajo la amenaza de coches bomba a diario y situaciones que, para los ojos de un niño, son difíciles de olvidar. Su padre, entrenador de rugby del equipo nacional durante los 80, no consiguió traspasarle la pasión por este deporte, pero sí su instinto de competitividad feroz. “Mientras yo crecía en una granja, rodeado de campos y vacas, mi padre estaba de viaje alrededor del mundo, y cuando regresaba a casa, me traía los tesoros: llaveros, un koala de Australia… En términos de ambición, eso lo era todo para mí, tener la conciencia de que el mundo estaba ahí fuera”. A los 18 años se mudó a Estados Unidos para estudiar interpretación y actuación, pero fue a su vuelta a Dublín, y tras trabajar en Brown Thomas, que abandonó sus aspiraciones de convertirse en actor y se matriculó en el London College of Fashion y consiguió un trabajo de escaparatista como ayudante de la mítica estilista de Prada, Manuela Pavesi. ¿Su mejor consejo? ‘Continúa aprendiendo. Tanto sobre la historia de la moda, como de la historia cultural. Aprender con el fin de mantenerse alerta, porque nunca comprenderás lo suficiente, pero disfrutarás de las vistas a medida que vas escalando’. Quería ser como ella y trabajó muy duro. Su ascenso fue vertiginoso y tres años más tarde de su graduación debutó con su colección de hombre; dos años después llegó la de mujer. ¿Su punto fuerte? Una cierta androginia, una inusual elección de materiales y colores, dosis de humor e incorporar elementos tradicionales de la vida rural británica mezclados con una actitud callejera.

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