CARTIER SU MAJESTAD

January 10, 2018

Consiguió poner de acuerdo a las cortes europeas, los marajás y las estrellas de Hollywood. Y no sólo eso, sus joyas de estilo único pueden presumir de haberse hecho un espacio en las artes decorativas del siglo XX.

 

Discurren ríos de champán. Una multitud enloquecida baila en el jardín de la mayor mansión de Long Island a ritmo de charlestón. Las mujeres mueven sus pies, mientras acarician sus largos collares de perlas en un tiempo en que éstos eran más caros que los diamantes. Es el Nueva York de los locos años 20 retratado a la perfección, tiempo después, en una escena de la película ‘El Gran Gatsby’, con Mia Farrow y Robert Redford como protagonistas. En ese tiempo no había lugar para los problemas. Sólo para brindar, disfrutar y agitar las joyas. Lujosas reliquias que tienen nombre propio, Cartier, y que destacaban sobre las solapas, los dedos y el cuello de la realeza y la alta burguesía, tan bien escenificada por el escritor americano Scott Fitzgerald. Ningún otro joyero hizo brillar tanto a las élites, pero también a las divas del star system. De hecho, la firma se convirtió en proveedora oficial de los estudios de Hollywood para recrear ambientes de épocas pasadas y adornar la belleza de actrices como Elizabeth Taylor, Grace Kelly o Gloria Swanson. Fue, además, la suministradora de todas las casas reales –más de diez, incluyendo la española de Alfonso XIII–, en un momento en el que las coronas occidentales renovaban sus joyeros atendiendo a las nuevas modas.

 

 

Desde que en el año 1847 el fundador Louis-François Cartier –y más tarde sus tres nietos: Louis, Pierre y Jacques– tomó el control del pequeño taller de su maestro, Adolphe Picard, hasta nuestros días, el nombre de Cartier ha sido sinónimo de la quintaesencia del lujo artesano. Sin embargo, su estilo se lo debe todo a un sólo hombre, Louis, el nieto primogénito. ‘Joyero de reyes y rey de joyeros’, como lo denominó el monarca Eduardo VII. Fue un hombre de su tiempo, imbuido del espíritu fin-de-siècle. Cultivado, esteta, coleccionista de arte antiguo, amigo del buen vivir y un as de las finanzas. Entró en la empresa en 1897, con 23 años. Su padre, Alfred, había estado al frente, y hasta entonces la compañía era un negocio modesto. Durante los siguientes veinte años, Louis se dedicó a sentar las bases del estilo que los hizo famosos. Ninguna casa de la época tenía un estilo específico; cada una tenía su propio vocabulario, sí, pero seguían el lenguaje del estilo imperante. Un año tardó en dar su primer golpe maestro: trasladó Cartier de la Rue Montorgueil, que lo vio nacer, al número 13 de la Rue de la Paix, la arteria más cara de París, en la que compartían vereda y clientes las grandes casas de moda como Doucet y perfumerías como Guerlain. Es entonces cuando Cartier pasa a tener un ‘atelier de conception’ –taller de diseño– y un equipo creativo propio. Nunca más vendería una joya cuya idea y realización no hubiese sido controlada de principio a fin por Louis.

 

 

ESENCIA ÚNICA

El segundo acierto de este hombre, fruto de su visión, fue dar un no rotundo al art nouveau que sus coetáneos habían abrazado. Él era una persona de gustos decimonónicos y educación clásica, amante del siglo XVIII francés, donde encontraba esa representación estilizada de la naturaleza propia del nouveau demasiado limitada, tanto en términos de inspiración como de proporción. “¿La joyería de gusto nouveau? Poco material y muchas piedras”, le dijo a uno de sus clientes. Así que marcó como directriz estilística para la casa la reinterpretación del estilo Louis XVI y tendió un puente entre la Francia dieciochesca y la de su tiempo. Mandó a sus diseñadores y artesanos que husmearan por las calles de París libreta en mano y, como por arte de alquimia, las cenizas del antiguo régimen se convirtieron en tiaras, collares y pectorales de un estilo que se llamó guirnalda. Además, impuso el uso del platino en las monturas. Un metal que, a diferencia del oro y la plata, no se ennegrece con el tiempo, es más ligero, sólido y luminoso y permite engastes más delicados y dinámicos. “Los gruesos engastes de oro y plata que conocemos desde tiempos inmemoriales eran la armadura de la joyería. El empleo del platino, que se ha convertido en su bordado y es una innovación introducida por nuestra casa, ha provocado una revolución”, declaraba Louis en 1927 a la revista ‘International Jeweler’. Con el estilo guirnalda, Cartier se situó en la cima del éxito. Eva Stotesbury, gran dama de la sociedad norteamericana, encargó a Cartier una tiara de diamantes tan pesada que llevarla le producía tortícolis. Su marido le dio dos soluciones al problema: “O la llevas sujeta con dos globos helio o la llevas sin quejarte, pero la llevas”.

 

Una gran tradición relojera y orfebre, con diseños ricamente ornamentados de piedras preciosas, lo avalan y lo han convertido en una enseñanza de prestigio. Un símbolo de sofisticación que hoy cuenta con más de trescientas tiendas en todo el globo y continúa creciendo. Especialista en joyas por encargo y un experimentador en las tallas de las piedras y en los materiales empleados, inventó el estilo ‘tutti frutti’, en el que zafiros, esmeraldas y rubíes se entrelazan en caprichosas formas. Además, creó el corte baguette y montó por primera vez los diamantes sobre platino en lugar de oro. También fue pionera en su búsqueda constante de inspiración. Mientras, el estilo Cartier seguía evolucionando y conquistando el mundo, así como el mundo lo conquistó a él. 

 

La curiosidad de Louis no conocía fronteras. La Rue de la Paix se convirtió en un catalizador de culturas: Egipto, India y China; todos los rincones del mundo encontraron un eco en las joyas de la firma y el exotismo predominó. Al igual que los retailers actuales visitan los puntos neurálgicos de las principales ciudades a la caza de tendencias, Cartier se embarcó en múltiples viajes a sitios exóticos para descubrir sus musas. La familia recorrió el Golfo Pérsico hasta encontrar las más hermosas perlas de Oriente, llegó a la India y convenció a los marajás de que permitieran montar con diseños de la firma sus tesoros multicolores. En Rusia, los hermanos Cartier aprendieron el arte del esmaltado y de sus periplos se trajeron material gráfico y conocimientos que volcaban después en piezas irrepetibles, que se convertirían en el delirio de coleccionistas, como el brazalete Quimera –realizado en 1929 en platino y piedras preciosas– o el broche Devant de Corsage –en platino con diamantes y zafiros, de un peso total de 51 quilates–. Trabajos de excepción dignos de coleccionistas privados y de otros joyeros, que son reflejo de las técnicas que la compañía ha utilizado en sus más de 160 años de historia.

 

 

TALENTO COMPARTIDO

Los tres hermanos eran la cabeza visible de un estilo que ocultaba el trabajo de cientos de dibujantes, diseñadores y artesanos. Louis respetaba mucho la artesanía, pero abogaba porque la técnica desapareciese a favor de la estética. Le interesaba el efecto final, no que se notara cómo estaba elaborada la pieza. Pero, hay un nombre que ha conseguido hacerse un espacio en el estilo Cartier junto al de Louis, el de Jeanne Toissant. Cultivada y elegante, Louis dejó Cartier en sus manos cuando se jubiló. La nombró directora de Alta Joyería de la maison entre los años 30 y 60. Su labor fue la de guiar el trabajo de los diseñadores, y su exquisito gusto, que llegó a conocerse como ‘gusto Toissant’, dejó una huella imborrable. Jeanne concebía la joyería como elemento indisociable a la moda. Las mejores clientas de Cartier –Daisy Fellowes, Wallis Simpson y Barbara Hutton– se dejaban aconsejar ciegamente por ella. Bajo su mando, flora y fauna camparon a sus anchas por Cartier, siendo el mayor de sus hitos el broche tridimensional con forma de pantera que creó en 1948. Un año después, adornaba la solapa de la duquesa de Windsor y a Jeanne se la conocía con el apodo de ‘La Pantera’.

 

Entre los tesoros del arte orfebre hay que añadir objetos preciosos y relojes y joyas únicas como el collar de Elizabeth Taylor –regalo de su tercer marido, el productor Mike Todd, en 1951– de ocho rubíes y diamantes reconvertible en diadema por su montura especial, o el broche con forma de flamenco y un plumaje multicolor de zafiros, rubíes y esmeraldas, que perteneció a Wallis Simpson, la duquesa de Windsor, y que fue creado en colaboración con Toussaint. Ella fue la responsable del diseño de la elegante pantera que pasó a convertirse en el emblema de la marca. Estos son sólo algunos ejemplos de un fulgurante desfile de creaciones excepcionales y maravillosas, entre las que se encuentran clásicos ya célebres, como el collar Cocodrilo y el collar Serpiente de la diva mexicana María Félix. ¿Qué otro joyero podría haber adornado aquellas muñecas y acariciado aquellos cuellos? Sólo un nombre viene a la mente: Cartier.

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