NARS: VIBRACIONES CROMATICAS

April 23, 2020

 

Concluir que François Nars (Francia, 1959) es un provocador nato resulta tan obvio como incorrecto. Para el hombre que introdujo el sexo y su inmejorable efecto iluminador sobre el rostro en el universo del maquillaje, la ecuación resulta sencilla. ”El sexo es algo hermoso”. Y vende. Su blush Orgasm, aquel que recrea el deseado rubor poscoital sobre el rostro femenino, y fulmina, en ventas, a sus rivales en la categoría, es el mejor ejemplo. Y reducir la visión perfeccionista de este espíritu renacentista, a una mera estrategia de marketing sería un acto de injusticia. Aliado de apellidos ilustres como Jacobs (Marc) o Meisel (Steven), actúa movido por un ideal de lo exclusivo heredado de épocas doradas. Su nombre se pronuncia con verdadera devoción en los backstages y shootings, y siempre a la vanguardia de las tendencias de maquillaje, Nars posiblemente sea tanto o más VIP que algunas de las tops y celebrities a las que ha maquillado. Viste con impecable traje negro a juego con su camisa y luce un perfecto cutis pálido y mate con un ligero flequillo ladeado que cae sobre sus grandes anteojos cuadrados de montura de concha. Al aclamado maquillador y fotógrafo, el negro simplemente le aporta un aire sofisticado a su escaso metro sesenta de estatura y constitución ancha. La edad es un secreto que guarda casi con el mismo celo que el de las fórmulas de sus cosméticos. Curiosamente, desde que llegaron por primera vez a pie de calle hace más de quince años, sus labial también está envuelto en negro glamoroso. Aún lo recuerdo, enfundado en ese mismo look, el día que inauguró la primera boutique que Nars abrió hace ya cinco años en el West Village neoyorquino, rodeada de vecinos ilustres como Magnolia Bakery, Diptyque o el pequeño imperio de Marc (Jacobs) en Bleecker’s. Alejada de las masas y las grandes avenidas, pero también de la fiebre oversize del Soho o la frialdad de Meatpacking, recibía a los visitantes imitando la calidez de un hogar afrancesado –recreado, en manos de Fabien Baron, a través de molduras Louis XVI y una solemne chimenea–. Sobre la repisa, un homenaje al universo de François, poblado por las películas, los libros y los objetos que alimentan su instinto. Algunos de ellos, como la película “Belle de Jour”, o el shocking pink de Elsa Schiaparelli, también han dado nombre a sus productos: colores de culto, must con nombre propio, herederos de la historia que comienza con un joven fascinado por la moda, y la edición francesa de Vogue, que boceta su sueño de convertirse en maquillador desde las últimas filas de la clase. “Tendría unos siete u ocho años cuando mi pasión por la belleza y la moda se desató; tenía la suerte de estar rodeado de mujeres realmente guapas y su estilo sofisticado fue el responsable de que me lanzase con los brazos abiertos a este mundo”, recuerda ahora el artista. “Además, estaba loco por Yves Saint Laurent; creo que junto con Guy Bourdin, es uno de los que más me han influido. Apareció con su moda revolucionaria y se convirtió en la mayor de mis inspiraciones. Al menos mientras crecí y veía sus diseños en las revistas. Diría que casi tenía obsesión por él. Estaba fascinado por su talento, y esa atmósfera de cultura y sofisticación que le rodeaba. Definitivamente, fue un genio increíble”. C rediseñar No obstante, hijo único, nacido y criado en el sur de Francia, fue la suscripción de su madre a Vogue lo que despertó su vocación. “Crecí viendo sus revistas y las de mi abuela y me enamoré del mundo de la moda a través de Vogue París. Devoraba sus páginas con los ojos cada mes, analizaba las fotos y los make ups looks. Creo que la edición francesa de aquella época, la de los 70, era la mejor de todas: la más vanguardista, creativa y con grandísimos fotógrafos, como Helmut Newton o Hans Feurer. Bajo la dirección de Francine Crescent impulsó un nuevo concepto de fotografía de moda junto a esos fotógrafos”. Con el tiempo, se formó en la escuela parisina de Carita y, una vez graduado, de nuevo fue su madre quien dio un impulso definitivo a su carrera al pedir hora como clienta con los mejores maquilladores del momento en París, Olivier Echaudemaison (director artístico de Givenchy Beauté): su pequeño pasaporte a un ‘universo único’. A todos habló de su talentoso hijo y así obtuvo sus primeros trabajos. En 1979, Nars participó en su primer desfile, del diseñador Claude Montana. “El backstage entonces era muy distinto, la peluquería y el maquillaje han cambiado mucho. Pero la idea siempre ha sido la misma: al final se trata de inventar un look, y el proceso creativo que esto conlleva es igual siempre”. Y... ¿tú primer trabajo como maquillador? “Fue con Olivier para una producción de Marie Claire. Estaba con él y de repente lo llamaron y tuvo que irse a otra sesión y me dejó al frente. El resultado gustó tanto que las cabeceras comenzaron a llamarme directamente a mí. Olivier fue un gran apoyo. Hoy el mundo de la moda está muy expuesto. Cuando yo me convertí en maquillador, la industria era un pequeño círculo cerrado, había una gran valla muy difícil de atravesar, y esa era una de las cosas que me excitaban”. Apenas cinco años después, Nars aterrizó en Nueva York. Desde entonces, pinceles, brochas y encrespador de pestañas han sido sus compañeros de viaje. Lo harían, después, los números. Veintiséis portadas consecutivas de la edición norteamericana de Vogue. Doce campañas para Versace. Desfiles de Prada, Dolce & Gabbana, Valentino… La apuesta por el nude en tiempos de excesos. Y un cambio de look, el de Madonna, con el que daría la vuelta al mundo. En el camino se germinó otro fenómeno, el de las supermodelos: un Olimpo orquestado por los pinceles de Nars y el objetivo del fotógrafo Steven Meisel, que concluyó con el endiosamiento de una generación de modelos únicas. “Básicamente, nos concentramos en cuatro chicas que a todas luces eran especiales. Hacíamos una historia tras otra, cambiando su imagen, construyendo personajes… Fue divertido convertirlas en íconos; tenían presencia y un look muy distintivo. Son preciosas mujeres poderosas que sabían cómo hacerse un espacio, estar a la altura y reinventarse. Las modelos de ahora son bonitas, pero temporales, no tienen ese poder de ser eternas”, recuerda orgulloso quien comenzó su carrera en la Gran Manzana gracias a la antigua editora de Vogue, Polly Mellen, que le abrió las puertas de los estudios fotográficos de Richard Avedon, Irving Penn y Steven Meisel. “La primera vez que vine a Estados Unidos, las modelos de las campañas tenían un aspecto muy plástico: rostros perfectos, pelo rubio y ojos azules. Las Barbies no era mi tipo. Siempre me he decantado por los fotógrafos que escogen a gente interesante con la que trabajar y fotografiar. Y ese era el tipo de mujer que yo quería que mi marca representara”. Entre sombras y carmines, Nars fue destilando su filosofía.

 

 

En el año 1994, su nombre ya era lo suficientemente grande como para estamparlo en su propia línea de productos con una colección alucinante de 12 barras de labios vendida en Barneys Nueva York. “El sueño de todo maquillador es tener su propia línea, su nombre en el producto y saber que en cada rincón del mundo hay mujeres que lo usan”. Aquellas barras sacaron a Nars al ámbito comercial con nombres tan sugerentes como Jungle Red, inspirado en la clásica película de Howard Hawks “Mujeres”. Después llegó el aclamado blush Orgasm, el éxito comercial a gran escala y la ampliación de su línea hacia otros productos innovadores, como Multiple, una barra multiusos sin aceites que puede usarse como sombra, carmín y colorete. Y de nuevo, el sexo, siempre detrás de cada una de sus creaciones. “Lo aprendí de Calvin Klein; él fue el primero, y también el mejor, a la hora de crear una imagen sexy para vender. Tom Ford no ha inventado nada. Calvin lo hizo hace ya 20 años. Ha sido un verdadero mentor a la hora de ver el sexo como una herramienta…”, concluye quien trabaja con el color como un verdadero artista. “En su momento estaba frustrado por no encontrar los mejores productos y tonos, y creí que sería divertido desarrollar una línea de maquillaje. Fue algo más bien espontáneo. Llamé de inmediato a Fabien Baron y me dijo: ‘¿Por qué no? Deberías lanzarte’. Me diseñó el logo y ayudó a escoger el nombre, Nars. A partir de ahí, fue in crescendo”. Y François siempre entre bambalinas, con ojo avizor de que su obra se mantuviese fiel a sus principios. Para estar siempre en la cresta de la ola, el genio anota ideas 24 horas al día. “Algunas funcionan y otras no; las mujeres son las únicas juezas”, puntualiza y prosigue como una clase magistral. “Bautizo a los productos con nombres que los hacen más especiales, para así traerlos a la vida, dotarlos de una personalidad única. Quería que hicieran clic con la mujer que los obtuviera. No sólo se trata de una barra de labios, sino que es una película o un personaje con el que te puedes identificar. Los nombres hacen que los productos superen su propia realidad”. Y cuando se trata de los colores, éstos aparecen de su propio mundo imaginario. “Sigo mis instintos y utilizo todo lo que he aprendido a lo largo de los años. Diseño todo tipo de productos según lo que me llame la atención en ese momento. Por ejemplo, puedo ver un color azul específico en un accesorio, un paisaje... y decir: ‘Quiero hacer una sombra de ojos exactamente como ese azul’. Es un proceso muy espontáneo”. Como si fuera una declaración de guerra, François aclara: “Si no quieres ser sexy, no tocas el maquillaje. Las mujeres ya no están limitadas a una gama de colores que se supone que deban usar o, por el contrario, evitar. Destierra para siempre la palabra evitar de tu tocador. Puedes elegir cualquier color por el que te sientas atraída y hacerlo tuyo”. Nueva York lo comprendió por su condición de expatriado con claves que resumen la filosofía Nars: ‘El maquillaje no debe enmascarar el rostro’, ‘Aquello que te hará sentir bien es lo correcto’, ‘Siempre he creído en el maquillaje simple’... “Es bueno romper tabúes sobre algo que parece incorrecto, malo, diabólico… Me gusta llevar las cosas al límite”. Pero no los looks. “No importa el tema, o la tendencia, siempre intento que las chicas estén guapas. El maquillaje es una gran herramienta para transformarte. Diviértete con él, puedes ser quien quieras con sólo un par de pinceladas. Esa es la tendencia para mí: que se vean bien”. La licencia, en la fotografía. “Maquillaje y fotografía son los dos amores de mi vida. Y por eso lo hago. Ambos están muy ligados y ambos me hacen muy feliz”. En 1996, tras el éxito de la marca, Nars creó su primera campaña publicitaria. Sin presupuesto para contratar a un fotógrafo conocido, le llevó a ponerse detrás de una cámara. Desde entonces, los encargos como fotógrafo se suceden en las grandes cabeceras de moda y sigue realizando las sesiones de todas las campañas publicitarias de Nars. En 1999 reunió algunas de sus imágenes más representativas en el libro “X-Ray”, donde mezcló los rostros de Catherine Deneuve o Paloma Picasso con mujeres de la alta sociedad o gente más ‘gamberra’. A éste le siguió “Makeup your mind”. En sus páginas desveló algunos de los secretos de su estilo con fotos de sus amigas y hace unos años, 15x15, una obra fotográfica que rinde homenaje al decimoquinto aniversario de la firma. Lejos del mundanal ruido y la sobreexposición durante casi una década, desde que vendió su firma en 2000 a Shiseido, aunque mantiene el control de toda la dirección creativa, y se comprara Motu Tane, una de las 118 islas de la Polinesia francesa, Françoise Nars regresó a la pasarela de la mano de Marc Jacobs en 2009. “Añoro el misterio que rodeaba esta industria. Hoy veo fascinación, pero no misterio. Lo sabes todo sobre todo el mundo… Y regresé sólo para trabajar con Marc Jacobs, porque quería imprimir nuevos aires a la belleza, verla bajo otro prisma –confiesa. Adoro maquillar y me apasiona la fotografía. Así que, por ahora, estoy aquí para inspirar al equipo de Nars, aportar visión y orientar la dirección creativa hacia el camino que creo más conveniente para la firma; una marca divertida con grandes productos. También selecciono las modelos, las caras y fotografío todas las campañas que proyectan nuestro ADN. No pienso mucho sobre el futuro. Trabajo con algunos meses de antelación, porque tengo que hacerlo así, pero la mayor parte del tiempo, vivo al día. Celebro el pasado, pero vivo en el momento”.

 

Fotografías gentileza Nars.

 

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