MR. BLAHNIK

May 14, 2020

 

Dice que, ante unos bellos pies desnudos, siente «adoración y fervor», el mismo éxtasis que le invadía siendo un niño ante algunos de los retratos del Museo del Prado que le han marcado de por vida. Aunque asegura que no es una persona nostálgica, afirma poseer en su zapatero personal varios miles de sus diseños y, en su archivo profesional, más de 25.000 pares. También dice que es «un hombre antiguo». Que hace tiempo que dejó de interesarse por la moda, que se ha convertido en «un espectáculo para entretener a gente simple que no tiene ilusión» y que su hogar está en otro sitio: por ejemplo, la obra de El gatopardo. «Cada página de ese libro significa algo para mí, algo que no se ha perdido hasta hoy. Todavía releo la novela un par de veces al año y he visto la película centenares de veces. Lo que hay ahí es, para mí, mucho más importante que todo». Afincado en Londres desde los años setenta, Manolo Blahnik (Santa Cruz de La Palma, 1942) ha prolongado en sus zapatos su personalidad cosmopolita, exuberante y extremadamente refinada. «Es curioso, pero empecé en este oficio haciendo zapatos para Bryan Ferry. Estaban inspirados en los saddle shoes, un modelo popular en Estados Unidos que me envió un amigo californiano. Era un tipo de zapato de cordones, bicolor, que usaban los mozos de cuadra y que se puso de moda entre los estudiantes americanos en los años cincuenta. James Dean los llevaba siempre. En Europa era muy raro ver zapatos blancos, no gustaban nada, pero yo no me quitaba los míos, me encantaban. Aún los tengo: los guardo como oro en paño. El caso es que yo presenté una colección de zapatos de mujer para Saint Laurent que no funcionó. Me rechazaron y cuando volví a Londres me puse a hacerlos para todos mis amigos, en todos los colores posibles: verde brillante con blanco, azul brillante con blanco... de todo. Fueron un éxito y todos los hombres los llevaban, las mujeres también. Los adoraban». La editora Diana Vreeland lo animó a hacer zapatos al descubrir sus figurines para un vestuario de teatro, pero fue su singular educación –estudió Derecho, Literatura y Arte en Ginebra y París– la que disparó los resortes de una fértil imaginación, tan arraigada en la rica naturaleza de las plantaciones de plátanos de su tierra como en los cuentos que, desde Inglaterra, llegaban a su casa familiar de Canarias y que su madre les leía con esmero a él y a su hermana Evangelina, su brazo derecho en los negocios. «África y el Mediterráneo», resume, en un torrente rico en palabras, para explicar esa mezcla suya de colores, formas, materiales y sentidos. «Mi padre siempre escuchaba música árabe maravillosa en Radio Casablanca mientras en otros rincones de nuestra casa sonaba Antonio Molina». Una saga familiar que le recuerda el cordón umbilical que le une con su patria: «No puedo vivir sin España; son mis raíces y no me las puedo arrancar. Cuando era un niño, mi madre se aseguraba de que leyéramos literatura española: Lorca, Pérez Galdós y Clarín. Nos acostaba con un relato o una poesía cada noche para que fuéramos conscientes de la cultura española. Ahora que soy menos joven, siempre vuelvo a los clásicos; son una parte muy importante de mi identidad, al igual que el arte, el cine y la comida». Trabajador incansable, solitario militante y radical defensor de una elegancia que no entiende de tendencias ni de marcas, Manolo ha convertido sus zapatos no sólo en piezas artesanales capaces de plantarle batalla al paso del tiempo, sino en joyas de coleccionista deseadas por las mujeres más dispares del mundo. «Paciencia, pasión y trabajo». Esas son, en sus palabras, las claves de una trayectoria que viaja de Londres –donde están sus oficinas–, a Milán –en la que fabrica sus modelos–, a Nueva York –sede de gran parte de su negocio– y a Bath y La Palma –donde sueña y dibuja sus colecciones–.

 

 

 

Sus intereses culturales son ilimitados, propios de un hombre de otra época que no sabe entender el mundo sin esa belleza que él, zapato a zapato, ha contribuido a construir. Su vertiginosa vitalidad se transmite a través de los pies, y sus diseños encierran una mágica e inasible cualidad: el recuerdo. «Vivimos en un selfie continuo: me preocupa que los jóvenes crezcan sin memoria». La suya atesora una interminable lista de pasiones y obsesiones. Sus influencias se sostienen, además del cine, sobre un pilar sin el que no se puede entender su universo: la pintura. No es difícil verlo pasear con ritmo acelerado por los museos, como tampoco lo es escucharle dar una amena y documentada charla sobre el séptimo arte italiano. «Cuando mi madre vivía, solía visitarla cada dos meses. La echo tremendamente de menos. Ahora viajo a España con menos frecuencia. Pero, cuando voy, lo primero que hago es visitar El Prado; siempre encuentro inspiración allí. En los monjes de Zurbarán y sus sandalias: nada es más perfecto. Y también en Cayetana de Alba vista por Goya. No es mi pintor favorito, pero se fijaba en los zapatos, y los de La maja vestida son un hito para cualquier amante del calzado. El pie es fundamental para forjar la personalidad de los individuos. Eres como pisas». Sólo le queda una obsesión por resolver: «Durante años he intentado averiguar lo que para mí es un secreto histórico: ¿sabe alguien cómo iba calzada Juana la Loca durante su largo encierro? ¿Usted?».

 

 

 

Fotografías gentileza de la marca.

 

 

 

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