AZZEDINE ALAÏA: EL ESCULTOR DE TELAS

Trabajó el tejido como arcilla y cinceló sus vestidos como esculturas. Azzedine Alaïa consiguió traer de vuelta a las mujeres con prendas creadas para iluminar y realzar las curvas femeninas. Una retrospectiva homenaje en Londres recorre su archivo.

Por Claudia Saíz

Era uno de los mayores genios de la historia de la moda, una figura que llevaba más de tres décadas en activo sin rastro de desgaste. Un hombre que creó lo más difícil, una estética. Y una estética que, tras algunos años en el olvido, el mundo decidió reivindicar y reclamar. Culto al físico con trajes escultóricos, reveladores, que definieron la década de los 80, pero que él, visionario, empezó a elaborar casi 10 años antes. Es todo eso, pero también un hombre sencillo y pícaro que trabajaba prácticamente solo en su estudio, sin apenas ayudantes, y supervisando personalmente hasta el más mínimo detalle de la cadena de producción de su ropa. Que se negó a hacer desfiles. Que se creó su mundo, un poco apartado del frenesí de la industria de la moda, en un complejo de varios edificios, presididos por lo que fue un teatro del siglo XVIII y conectados entre sí. Un conjunto escondido en uno de los muchos recovecos del bohemio y parisiense barrio de Le Marais. Por la tienda se accedía al comedor, por el estudio se pasaba al taller y por el angosto pasillo que rodeaba la bóveda acristalada de la gran sala se podía llegar a las oficinas. Y aún se puede. Todo conectado, unido, mezclado. Excepto la última planta: el apartamento de Azzedine Alaïa (Túnez, 1940). El que fuera su espacio privado hasta noviembre de 2017.

Fueron tan solo cinco días en Dior. Al creador de moda que más amó a las mujeres le gustaba alardear de formación. Precisamente porque nunca la tuvo. Empírico antes que teórico, la suya era una sabiduría adquirida sobre el terreno, plegando bustos, pellizcando espaldas, metiendo cinturas, cortando curvas. Trazando el mapa definitivo de feminidad. “Con el movimiento de los músculos podemos ver cómo el tejido se adapta a la forma”, solía explicar en plan profesor de anatomía. Solo podía ser así porque las prendas que confeccionaba, decía, tenían que “respetar el cuerpo”. No cuesta mucho imaginar por qué la marquesa de Mazan, primero, y la condesa de Blegiers, después, lo eligieron como mayordomo y modisto: su ácido sentido del humor y su diminuta talla le ayudaron a ganarse los corazones femeninos de la aristocracia francesa en los años 60. Aunque su pericia vistiéndolas, seguramente, también ayudó.

“Cuando llegué no sabía nada de moda. Quería aprender, pero no había pensado en trabajar en ello. Empecé con algunos clientes y unos me recomendaban a otros. Hasta tener muchos e importantes. Todas las grandes familias francesas que se vestían habitualmente en Christian Dior”. El prototipo del vestido Mondrian, base de la colección homenaje al pintor holandés con la que Yves Saint Laurent comenzaría a sentar cátedra en el prêt-à-porter de 1965, era suyo. Saint Laurent, el mismo con el que apenas se había codeado cinco días en Dior, en 1957, antes de ser despedido. Luego pasaría poco menos de un año, y dos colecciones, entrando y saliendo a las órdenes de Guy Laroche. Y fue su conexión con las mujeres lo que, una vez más, le ayudó. La directora del estudio lo tomó como su protegido y durante dos años aprendió el oficio. Hasta que su cartera de clientas le permitió establecerse por su cuenta. A comienzos de los 80 inauguró su casa de costura, y en los 10 años siguientes lo fue todo, a pesar de que su primera colección de prét-á-porter, realizada para Charles Jourdan en la década de los setenta, no tuvo gran éxito. Fue demasiado pronto. “Con ellos pude aprender el cómo”, reconoció en su momento. “Pero fueron ellas las que me enseñaron el qué”. Ellas fueron todas las mujeres que amaron a Azzedine Alaïa. Porque él había desenmarañado esa red de tensiones que suelen recorrer sus anatomías, endureciendo aquí, ablandando allá, y las liberó creando un genuino campo de fuerza que les garantizaba confianza y resistencia. Por eso, nadie ha lamentado más que ellas la muerte del creador, el pasado 18 de noviembre, en París. Un ataque cardíaco pudo con él, informaba el comunicado de la firma que lleva su nombre desde 1979. “Tú nos hiciste invencibles”, proclamaba en sus redes sociales la joyera Victoire de Castellane a modo de tributo, recordando una vez más que vestir un Alaïa era llevar una armadura. Y a continuación lo calificaba de “auténtico feminista”. Porque el hombre feminista es el que entiende a las mujeres, escucha sus necesidades y las acompaña en su conquista del poder. Incluso con un vestido. En honor a su legado, el London’s Design Museum inaugurará una retrospectiva del mundo que diseñó y confeccionó en honor a la figura femenina: Azzedine Alaïa: The Couturier (desde el 10 de mayo). Mostrará 60 de las piezas más icónicas de los 35 años de su trabajo. Además, fue el propio modisto quien se encargó de seleccionar las piezas más peculiares de su colección y de proporcionar toda la documentación de su proceso creativo. Para acompañar su legado artístico, sus diseños se enseñarán junto a piezas arquitectónicas creadas por artistas y diseñadores que admiraba, incluyendo a Tatiana Trouvé, Konstantin Grcic, Marc Newson y Krish Ruhs.

La feroz libertad de este hombre, que siempre hizo lo que le dio la gana, es una de las claves para comprender cómo consiguió edificar una obra de semejante trascendencia, vitalidad y validez. Con Alaïa desaparece también una forma de entender la moda que, en realidad, hace ya tiempo que dejó de existir. El último de sus artesanos, el postrero de los couturiers, el gran creador que quedaba. Él habría preferido el último constructor, porque bâtisseur era como de verdad le gustaba describirse, capaz de levantar una chaqueta, un abrigo, un traje solo con sus manos. “Mi trabajo es vestir un cuerpo, no confeccionar un vestido”, no se cansaba de repetir Madeleine Vionnet. Devoto como era el tunecino de la inventora del corte al bies, podría haberse adjudicado para sí la sentencia. De técnica iba sobrado; de sensibilidad, desbordado. “Cuando una mujer lleva un Alaïa, primero ves a la mujer y, después, a Azzedine”, apuntaba, por su parte, Alber Elbaz, evocando consciente otro mantra del ‘diseñador de diseñadores’ (según lo calificaba en conversación con el diario digital especializado Women’s Wear Daily): “El éxito de un vestido depende de su habilidad para desaparecer”. El ex director artístico de Lanvin continuaba su elegía llamándolo “verdadero ingeniero indumentario. En sus prendas se aprecia toda la libertad, el amor y el control con los que trabajaba”. Para tratar de explicar el porqué de su peculiar estilo, se ha apelado a su frustrada vocación de escultor, a su carácter mediterráneo o, incluso, a su predilección por trabajar por la noche y moldear la tela sobre el maniquí en lugar de dibujar. ‘El rey del ceñido’, lo apodó la prensa cuando sus esculturales diseños ya eran un clamor lucidos por Grace Jones, Raquel Welch, Madonna, Janet Jackson y, faltaría, la liga de las supermodelos, con Naomi Campbell, Stephanie Seymour y Carla Bruni a la cabeza. “Creo que puedo decir que mi trabajo es eterno. Está hecho para durar”, le concedía el tunecino a Olivier Saillard en una charla incluida en el catálogo de la retrospectiva que le dedicó el Palais Galliera de París, en 2013. Vestidos con cremalleras en espiral que enroscan la silueta, monos de encaje que se enfundan como guantes, trajes-venda de lycra que controlan y protegen la figura, chaquetas como escudos o corpiños en plan corazas. Como decía: “Al principio, sólo trataba de responder lo mejor posible a las demandas de las mujeres”.

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