BRILLOS DE COSTURA

July 29, 2019

Victoire de Castellane ha desafiado todas las convenciones de su oficio. Veinte años al frente de Dior Joaillerie, descubre la prodigiosa creatividad de sus piezas de joyería, objetos de deseo codiciados por coleccionistas.

 

por Claudia Sáiz

 

 

Victoire de Castellane (París, 1962) nos recibe en su estudio parisino en una tarde inusualmente calurosa para un mes de junio en la capital francesa. El bullicio exterior se cuela en la habitación a través de unos grandes ventanales, abiertos de par en par a una de las elegantes calles del Distrito Ocho de París, mientras esta mujer rotunda, de flequillo eterno y sonrisa divertida, juega con un par de colgantes de piedra de luna. Las joyas son otra forma más de lenguaje, la más íntima y personal, para esta creadora inquieta y atípica, directora creativa de la división de alta joyería de Dior desde que hace dos décadas Bernard Arnault pusiese su lanzamiento y creación en sus manos -hasta ese momento la Maison solo realizaba piezas de bisutería-. Sin experiencia real en el diseño de alhajas -antes trabajó durante 15 años en los accesorios y la bisutería de Chanel-, Victoire revolucionó una disciplina anquilosada y hermética hasta el punto de cambiar la no solo de un público ilustre, sino también la del resto de firmas y casas joyeras que, desde entonces, colman sus exclusivas vitrinas de diseños coloristas y osados. «Puede que al principio costase entender que los compradores se iban a atrever a pagar grandes sumas de dinero por diseños poco ortodoxos. Pero las mujeres, como las joyas, son sorprendentes», dice. Gem Dior - gem, gema en inglés, por cómo se pronuncia en francés J’aime- la última colección de alta joyería de Dior, que presentó en Venecia y está compuesta por 99 piezas únicas, donde reúne varios de estos gestos irreverentes, desde la elección de los materiales -rubíes, diamantes, esmeraldas, zafiros rosas, tanzanitas- al color propio del arcoíris o la narrativa. A diferencia de muchas de sus colecciones anteriores que se gestaron alrededor de un tema específico -las rosas de Granville, los rincones escondidos de Versalles, el encaje antiguo de los talleres de Dior-, De Castellane describe esta última como ‘abstracta’, con un enfoque en las piedras reales, sus cortes y sus tonalidades.

 

 

«Quería jugar con la idea de mirar todas mis creaciones anteriores y hacer zoom, para que las piedras se vean pixeladas –explica-. Lo llamo abstracto, pero también orgánico, porque nada es simétrico ni geométrico. Me imaginé cada pieza como un mineral». Y cita los cristales de azúcar como una referencia, así como la pirita. La forma en que esas rocas y minerales crecen en la naturaleza influyó en las piedras mezcladas y encajadas de varios cortes, dispuestas de tal manera que todas las facetas de la roca eran visibles. «Como en una fantasía. Cuando empecé a hacer joyas, pensé que las mujeres solo las usaban en ocasiones especiales. Pero ahora veo a más y más luciéndolas a diario». Y se siente complacida por ello.

Miembro de una de las familias aristocráticas y excéntricas más relevantes y venerables de Francia -entre sus parientes se cuenta el marqués de Boniface de Castellane, su tío bisabuelo, y una de las figuras más emblemáticas de la Belle Époque parisina, y su abuela paterna, la española Silvia Rodríguez de Rivas, condesa de Castilleja de Guzmán, que murió como Silvia Hennessy, cuatro matrimonios después-, su idilio con las joyas comenzó cuando apenas levantaba dos palmos del suelo. «Tendría cinco años y mi madre me regaló una pulsera de oro con charms, la cual desmonté para hacerme unos pendientes. Lo que me sobró lo tiré a la papelera. Mi madre enfureció, pero para qué necesitaba yo aquel oro si ya tenía lo que quería. Se puede decir que mi primer diseño no fue una creación, sino una destrucción», bromea y suelta otra carcajada. 

 

 

Desde entonces, su relación con el arte de la joyería ha sido más bien un largo noviazgo en el que la frontera entre la vida personal y el trabajo se difumina hasta confundir dónde acaba una y empieza el otro. «Nunca me pregunté si me quería dedicar a esto, porque para mí es tan importante como respirar. Es una locura, pero no lo veo como un trabajo como tal. No me puedo imaginar mi vida sin diseñar joyas. Si ahora mismo me echaran de este puesto no sé cómo lo haría, pero seguiría haciendo esto. Es mi forma de hablar, de contarle al mundo cómo y qué soy», se sincera. Tan poco convencionales como su creadora, sus diseños trascienden los materiales y las piedras preciosas que les dan forma, convirtiéndose así en algo parecido al arte: «No me considero una artista como tal. La gente cree que estoy un poco loca y que me gusta ir a mi gusto, pero no es así. Sé exactamente lo que la firma quiere y lo que el equipo de marketing necesita. No trabajo al margen de la ley. Me gusta trabajar con unas reglas, dentro de un cuadro. Lo que ocurre es que este cuadro quizás es diferente al del resto», se defiende con una frontalidad tan suya.

Aunque las temáticas de sus colecciones son tan variadas como variopintas -desde plantas carnívoras a tejidos de alta costura, aventuras epistolares o el Palacio de Versalles-, existe un hilo invisible que las une a todas y sin el cual ninguna se puede explicar. «Vivimos en una época en la que el feminismo está muy presente, pero para mí la mujer siempre ha estado en el centro de mis creaciones. Me encanta observarlas, ver cómo se mueven, sus gestos, sus estilos, sus gustos…Me fascina la forma en la que cada cual interpreta la feminidad. ¡Existen tantas formas diferentes de ser mujer! Todas somos únicas, al igual que lo son las joyas», concede. Es esta pasión por el universo femenino lo que la mantiene al margen de tendencias y lugares comunes de los que huye más por inercia que por convicción: «Entiendo que existan. También entiendo que son capitales para la industria de la moda, pero yo no me las tomo en serio. Para mí es muy importante la libertad. Crear desde el inconformismo. Y sobre todo no aburrirme. Y las tendencias pueden llegar a ser muy aburridas». 

 

 

Todo menos tediosas, sus joyas caminan al margen de la moda, apropiaciones culturales e historicismos varios, despertando así el deseo de una clientela cansada de escuchar versiones. «Mis diseños están dentro de mí. No tengo que buscar cosas fuera. Tiene que ver más con mis sentimientos y mi estado de ánimo. Mis miedos y mis obsesiones. No voy de vacaciones a Grecia y a mi regreso hago joyas de inspiración helénica. Me gustaría, pero no puedo», confiesa. Responsable de todas las líneas de joyería de Dior, Victoire de Castellane trabaja con varias colecciones en paralelo, en las que invierte una media de dos años, pudiendo superarlo en algunos de los casos: «Para mí el tiempo nunca ha formado parte de la ecuación de mi vida. Si me preguntas en qué momento de mi carrera estoy te diría que al principio. No veo un comienzo. No veo un final absoluto. El tiempo pasa tan rápido que el presente es mi única forma de entenderlo». 

Acaba la entrevista y Victoire sigue jugueteando con sus colgantes y su flequillo infantil. Antes de salir le pregunto cómo le gustaría que la gente la viese en unos años. «Como una niña a la que le gusta jugar con piedras», responde. ¿Alguien duda todavía de cuál es el secreto de su éxito?

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