DANIEL LEE: ARTÍFICE DEL CAMBIO

May 14, 2019

Flemático y comedido, hay grandes expectativas en Daniel Lee, el nuevo director creativo de Bottega Veneta. Sobre sus hombros queda el embrujo de Tomás Maier y el peso de una firma que maneja el lujo atemporal como ninguna otra. Pero también otra gran faena: aprovechar su determinación millennial para reeditar el diseño de una casa que necesita acción. ¿Podrá hacerlo sin tocar su poderoso legado? 

 

 

Por Bernardita Braun

 

En camiseta, jeans oscuros y un cinturón trenzado azul que se asoma bajo la polera, su imagen no presume. El rojo de su pelo y una constelación de pecas que recorren la cara y todo su cuerpo desvelan su origen: Daniel Lee no puede ser otra cosa que inglés. Y como buen inglés, elude la invasión y evade la indiscreción, como solo un coterráneo suyo lo haría: cerrando las puertas de su propia casa.

Quizás por eso se sabe tan poco de él. Tal vez por eso fue una sorpresa cuando su nombre resonó como el nuevo director creativo del ready to wear de la casa italiana Bottega Veneta. Envuelto de sencillez y mirada cándida, no es un habitué de las redes sociales, pero sí un millennial con experiencia en la industria, y hoy es quien tiene en sus manos esa firma, conocida y reconocida en el mundo por una propuesta sofisticada y hacer artesanal. 

Bottega Veneta es pura historia. Su fundación, en 1966, coincide con una época marcada por la carrera espacial de Estados Unidos y la Unión Soviética; la creación del tocadiscos portátil y la muerte del pintor y escultor de las figuras extremadamente estilizadas, Alberto Giacometti. El mundo cotilleaba sobre el baile de blanco y negro del exótico y exitoso escritor Truman Capote, en el hotel Plaza de Nueva York, y los Beatles andaban de gira por Filipinas. En medio de ese bullicioso escenario, en la pacífica región del Véneto y sin más artilugios que su simple denominación, nace Bottega Veneta. 

No existen aspavientos de un apellido, ni logos; el único objetivo detrás de la creación de esta firma es y ha sido el mismo que se ha mantenido inalterable por más de medio siglo: honrar el lujo artesanal.

 

 

El savoire faire contenido en la propia historia. Un sello que omite la ostentación, y cuya rimbombancia la da el diseño más purista y el cuero trabajado con maestría. 

Los códigos minimal de sus bolsos cruzan el Atlántico. Lo más probable es que ni sus fundadores, ni siquiera el grupo Gucci (hoy Kering), dueño de la compañía desde 1991, imaginara su influencia en el mundo entero. A finales de los 60, los personajes más estrambóticos y omnipotentes de la sociedad y de la noche neoyorquina, esas celebrities, asiduas de Studio 54, como Jackie Kennedy o el hilarante Andy Warhol, transformarían la marroquinería made in Italy en su predilección y en un referente mundial. Tal vez el silencio en medio del ruido; la discreción en un mundo de psicodelia, el rigor en su manufactura, todo se confabulara a su favor.

 

Ha pasado una vida, y su ADN se ha mantenido inalterable. Mucho más que su famoso trenzado, y muchísimo más que el icónico modelo Cabat, Bottega Veneta sigue siendo sustentabilidad, atemporalidad, lujo eterno en colecciones que se ampliaron al vestuario masculino y femenino. Qué duda cabe, esta firma es pura Italia. En sus talleres, una magnífica villa del siglo XIX, se respira la historia y el espíritu que preservan la tradición. Un atelier de 55 mil metros cuadrados reúne la precisión para trenzar en dos días la fachada de un bolso que costará miles de dólares. También la pasión del diseño a pulso y el respeto por los materiales nobles.

En su interior el tiempo no pasa. Da lo mismo que afuera rujan curiosas tendencias, se encumbren nuevos nombres en la moda o nuevas celebrities se roben millones de likes, Bottega Veneta ennoblece la herencia, ese saber hacer, el lujo discreto -sin logos ni estridencias- y, sobre todo, el buen diseño. Diecisiete años se mantuvo el alemán Tomás Maier al mando de esta casa creativa. Bajo un rigor crónico, y la ingeniería como ineludible fuerza de su proceso creativo, Maier hizo de Bottega Veneta una firma innovadora, con una estética de líneas puras, y técnica perfecta; deseable y atemporal. Pero principalmente, conservó intacto un elemento que le es muy propio: la excelencia.

 

 

Maier no admitiría jamás moverse de ese precepto, que lo sedujo desde el minuto en que fue nombrado director creativo, a comienzos del nuevo siglo. Cuesta creer que, al principio, la oferta no le pareció tan tentadora. Lo simbólico fue que tras visitar el atelier y conocer a cada uno de los artesanos, el verdadero espíritu de Bottega Veneta, Maier comprendió que estaba ante una oportunidad extraordinaria.

Decenas de colecciones avalan una mirada coherente y divina. Para Maier el sigilo ha valido más que la disonancia. Por eso sus diseños no tienen temporadas ni estaciones. Hay bastante funcionalidad en su trabajo. Nada es creado solo para ser visto; cada pieza tiene el mérito de adaptarse a la realidad y convivir armónica y elegantemente en el clóset de cualquier amante del savoir faire. Y el germano supo predicarlo con maestría. Sus temporadas han jugado con una paleta discreta, pero también con suntuosos detalles. En ellas se ha visto el brillo en formato de escarcha; tachas; nobles aplicaciones; la dulzura de los pasteles… Maier habla de relevancia, de ese poder absoluto que solo te da la originalidad. Y aunque él nunca se movió de los preceptos de la compañía, supo acomodarse a lo vertiginoso de los nuevos tiempos, con la artesanía como su eterno valor y aliado. Pero los nuevos tiempos exigen más. Enfundado en riguroso negro, sigiloso como sus lujosas propuestas, Maier debió enfrentarse a una realidad paralela: la era de maximalismo en las marcas; de la logomanía y de un movimiento que provenía de la misma calle. Ni su rigor, ni aferrarse a la idea de que cada colección tiene un valor en sí misma – más allá del show; más allá de los influencers; más allá de la publicidad – pudieron sostenerlo en el cargo de director creativo. Maier hizo un célebre trabajo; Maier deleitó al mundo con su mirada; Maier transformó Bottega Veneta…, pero las ventas no auspiciaban todos estos elogios.

 

 

Brisa fresca para el Savoir Faire

Todavía no hay un rastro de hilo en el suelo, solo el esmero comparable al de una sala de emergencias devela pulcritud en el atelier de la maison italiana, ubicada en Montebello. Y en ese enclave mítico se respiran nuevos aires, se percibe una brisa fresca.

Hoy es el turno de Lee. Mucho menor y aparentemente mucho más dulce que su sagaz antecesor, no es un novato en la industria.

Como director creativo del pret a porter de la casa francesa Celine, se formó en la prestigiosa Central Saint Martins y trabajó para Balenciaga, Maison Margiela y Donna Karan. Sobre sus hombros pesa la confianza de François – Henri Pinault, CEO del conglomerado francés de lujo, Kering. También la ambición personal de Lee de incorporar “una nueva perspectiva y modernidad” a la firma.

 

 

 

Siendo inglés, y por ende presumiblemente empirista, Lee no diseñó la colección presentada para la primavera de 2019. Mas bien su debut consistió en “limpiar” bosquejos, modificar piezas y aportar con su propia visión, como primer y esperado approach. Su mirada sigue la línea de la firma con el minimalismo como sello de una propuesta que aplaude su propio legado con imágenes sin tiempo y muy influenciadas por el cine neorrealista italiano. Hombres y mujeres con minuciosos looks, un adictivo silencio y el protagonismo de la piel, la seducción y punto fino en una paleta sobria y elegante. Hay intimidad en las imágenes de campaña, pero también modernidad. Influencias deportivas; cuero y tank tops; cuero y transparencias; bolsos oversize… la elegancia se moderniza de manera tan sutil como relevante. Y dan ganas de ver más. Obediente, Lee quiere un aire fresco para la firma,  pero está decidido a conservar intactos los códigos que sellan la filosofía Bottega Veneta: el misterio, el surrealismo y la sofisticación.  Con 32 años, este nuevo director creativo promete agregar otro interesante condimento: la modernidad. Aguardaremos ansiosos cómo coexiste la juventud british con el legado más radical de la tradición italiana.

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