GENIO & FIGURA

August 15, 2018

Tras 17 años en silencio, el fotógrafo Oliviero Toscani regresa a United Colors of Benetton para aportar su particular tono irreverente y creativo a la firma.

 

 

Por Claudia Sáiz

 

«Sono Oliviero Toscani». Así, sin más, se describe a sí mismo el hombre que revolucionó la publicidad de moda en los años 80 y 90 a nivel mundial, gracias a su matrimonio de éxito con la compañía textil italiana United Colors of Benetton. Estamos en el Palazzo Strozzi de Florencia, con la exposición Non fatte i bravi (No seáis buenos), que recoge las campañas más celebres del fotógrafo protagonizadas por niños, como telón de fondo. Con esas tres palabras basta y sobra, porque ser Oliviero Toscani (Milán, 1942) es sinónimo de talento, creatividad, mente abierta, provocación y libertad. Tras casi 18 años transmitiendo su idea multicultural del mundo, desde 1982 hasta 2000, el dúo formado por creador y firma se dio una larga pausa. Y, por fin, a finales de 2017 retomó su colaboración con Luciano Benetton (Treviso, 1935), el patrón de la empresa, para demostrar al mundo que segundas partes siempre fueron buenas.

 

Con sus inseparables gafas de pasta roja, sus ganas de concienciar sobre lo que está sucediendo en el planeta y, en especial, sin mirar al pasado con nostalgia, el artista regresa a casa con la vista puesta en el porvenir: «He vuelto para evolucionar sin recrear nada, porque el pasado es fantástico, pero es eso: pasado. Ahora hay que pensar en presente y futuro». Han pasado 17 años desde que el fotógrafo milanés decidió tomarse un respiro. Entonces se especuló con que la razón de este paréntesis fuera la polémica campaña del año 2000 protagonizada por condenados a la pena de muerte en cárceles de EE.UU. y por la que Benetton tuvo que pedir perdón públicamente. ¿Consecuencia? Los caminos de ambos se separaron. Ante la pregunta sobre cómo ha encontrado Benetton 17 años después, responde rotundo: «Mal, porque desde que Luciano se retiró, la empresa ha estado gestionada por directivos, por agencias creativas, especialistas en marketing… gente estúpida. Ahora tenemos que empezar desde cero para hacer que sea de nuevo una empresa humana. Lo primero que haremos será devolver el color y la magia a las tiendas». Y así será.

 

 

En 2008, Luciano Benetton nombró vicepresidente de la compañía a su hijo Alessandro y se retiró de forma discreta. En diciembre del pasado año, el anciano empresario anunció por sorpresa –incluso para sus herederos– que volvía a ponerse al timón de la compañía que fundó en 1965 para salvar al grupo de la crisis –más de 80 millones de euros de pérdidas en 2016–. Y nadie mejor que Toscani para ayudarle. Juntos relanzarán Fábrica, el laboratorio creativo que impulsaron en 1994 en Treviso. Un centro de investigación que se guía por el lema Learning by doing. Esta factoría de talentos otorga una beca anual a un grupo heterogéneo de jóvenes fabricantes de menos de 25 años, que durante 12 meses da rienda suelta a su creatividad. «Quiero que sea un centro cultural. Un ágora y no tanto de una escuela, sino de un taller artístico en el que se aprende haciendo. Donde te encuentras con personas que saben cosas que tú no, y viceversa. Un intercambio en desarrollo, un lugar de asociación de gentes únicas con conocimientos, actitudes y valores variados. Que se convierta en uno de los sitios donde a uno le habría gustado ir, como la Factory de Andy Warhol o el Londres de los años 60. Yo tuve la suerte de estar en estos lugares especiales», explica. En sus más de 50 años detrás del objetivo, Toscani ha retratado a Picasso, Mick Jagger o Federico Fellini. «Yo tengo la edad de Bob Dylan, de los Beatles, de Mohamed Ali. He visto de todo», dice recordando sus años en el Nueva York de Andy Warhol. «Era como un extraterrestre. No entendía por qué el panetone se comía solo en Navidad si estaba tan bueno. Así que yo se lo llevaba en julio y él era feliz», rememora. Pero también ha sido el descubridor de nuevos talentos. Jóvenes modelos como Claudia Schiffer o Monica Bellucci, a la que recuerda «bella, llena de vida, pero completamente negada para hacer de maniquí». Entre toda la larga lista de personajes ilustres que han pasado por su vida, Fidel Castro es uno de los más especiales. «Tenía un carisma increíble, pero no entendía la gravedad del problema del sida. Me decía: ‘¿Cómo se puede morir haciendo el amor? No se puede explicar eso a los jóvenes’. Le enseñamos la campaña que habíamos preparado sobre el sida y nos dijo: ‘Es diabólico’». 

 

 

Han pasado más de tres décadas desde sus primeras campañas para Benetton. Con ellas revolucionó la publicidad denunciando el racismo, la homofobia, las guerras o la pena de muerte. Y, sin embargo, su trabajo sigue siendo actual. Por ello, en la campaña institucional que marca su renovada colaboración con la casa italiana, la protagonista es la integración, encarnada en 28 niños de 13 nacionalidades distintas que comparten aula. «Busco mostrar la diversidad, la aceptación, la migración… En Benetton no vendemos mentiras, somos sinceros». Y la verdad es que, en sus instantáneas, las personas cobran vida y desnudan sus almas. «Tomar una foto consiste en decidir cuál es el detalle del mundo que quieres reflejar. Pero tiene que ser una decisión filosófica; hay que elegir la combinación y ver cómo forma parte de una composición. Entonces es cuando cuenta una historia. Para ser fotógrafo no solo hay que saber de técnica, sino también ser autor, igual que cantando, escribiendo…Yo lo soy con imágenes. Es mi medio para transmitir cosas. La mejor forma de trabajar es pudiendo expresarte. Existen mentalidades cerradas que creen que, si te pagan, eso es imposible, pero no lo es. Yo no podría crear sin ser libre, y cuando lo soy, doy lo mejor de mí a quienes me retribuyen por ello». Esa independencia la emplea en su papel de creador de imagen de la marca. De esta forma narra cómo la etiqueta se preocupa por la sociedad, por difundir las ideas de que no existen barreras y de que la unión hace la fuerza. Campañas como la de Primavera-Verano 2018, cargada de flores, son un ejemplo perfecto: en ellas, la moda se pone al servicio de la humanidad, y modelos de diferentes procedencias visten prendas coloristas. «Puedes mostrar lo que fabricas, pero también aquello que eres y cómo piensas. Una posibilidad es enseñar un jersey en una situación que lo haga excéntrico o no. Tú decides dónde quieres situar el producto, el espíritu y el entorno. La misma ropa puede resultar totalmente distinta según la reflejes de una manera o de otra. Yo he elegido una opción social y política de exhibir la moda». Una elección a la que sigue fiel desde sus comienzos, demostrándose que en los colores unidos está la clave del éxito.

 

 

A sus casi 75 años, Oliviero Toscani no ha perdido parte de su particular carácter. Comparte su vida desde hace dos décadas con Kristi Moseng, una exmodelo noruega a la que conoció en París después de dos matrimonios fallidos y una larga lista de amantes. Con ella vive en una finca de la Toscana, donde cría caballos y produce su propio vino. Retirarse y dedicarse a hacer de abuelo de sus 14 nietos no entra en sus planes. «¿Retirarme yo? Es un trabajo tremendo no hacer nada. Además, debe ser algo aburridísimo».

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