MR. MANOLO

June 10, 2019

Visionario, artesano en el sentido más literal de la palabra, adicto a la belleza y a la feminidad y la masculinidad clásicas, el diseñador vuelca en una adictiva exposición en Londres su lista de pasiones y obsesiones convertidas en calzados y obras de arte.

 

 

Por Claudia Sáiz

 

Dice que frente unos bellos pies desnudos siente «adoración y fervor», el mismo éxtasis que le invadía siendo un niño ante algunos de los retratos del Museo del Prado que le han marcado de por vida. Aunque asegura que no es una persona nostálgica, afirma poseer en su zapatero personal varios miles de sus diseños y, en su archivo profesional, más de 25.000 pares. También dice que es «un hombre antiguo». Que hace tiempo que dejó de interesarse por la moda, que se ha convertido en «un espectáculo para entretener a gente simple que no tiene ilusión» y que su hogar está en otro sitio: por ejemplo, la obra de El gatopardo. «Cada página de ese libro significa algo para mí, algo que no se ha perdido hasta hoy. Todavía releo la novela un par de veces al año y he visto la película centenares de veces. Lo que hay ahí es, para mí, mucho más importante que todo». Afincado en Londres desde los años 70, Manolo Blahnik (Santa Cruz de La Palma, 1942) ha prolongado en sus zapatos su personalidad cosmopolita, exuberante y extremadamente refinada. «Es curioso, pero empecé en este oficio haciendo zapatos para Bryan Ferry. Estaban inspirados en los saddle shoes, un modelo popular en Estados Unidos que me envió un amigo californiano. Era un tipo de zapato de cordones, bicolor, que usaban los mozos de cuadra y que se puso de moda entre los estudiantes americanos en los años 50. James Dean los llevaba siempre.

 

En Europa era muy raro ver zapatos blancos, no gustaban nada, pero yo no me quitaba los míos, me encantaban. Aún los tengo: los guardo como oro en paño. El caso es que yo presenté una colección de zapatos de mujer para Saint Laurent que no funcionó. Me rechazaron, y cuando volví a Londres me puse a hacerlos para todos mis amigos, en todos los colores posibles: verde brillante con blanco, azul brillante con blanco... de todo. Fueron un éxito y todos los hombres los llevaban, las mujeres también. Los adoraban». La editora Diana Vreeland lo animó a hacer zapatos al descubrir sus figurines para un vestuario de teatro, pero fue su singular educación -estudió Derecho, Literatura y Arte en Ginebra y París- la que disparó los resortes de una fértil imaginación, tan arraigada en la rica naturaleza de las plantaciones de plátanos de su tierra como en los cuentos que, desde Inglaterra, llegaban a su casa familiar de Canarias y que su madre les leía con esmero a él y a su hermana Evangelina, su brazo derecho en los negocios. «África y el Mediterráneo», resume, en un torrente rico en palabras, para explicar esa mezcla suya de colores exultantes, suntuosas formas, materiales y un sinfín de sentidos. 

 

 

 «Mi padre siempre escuchaba música árabe maravillosa en Radio Casablanca, mientras en otros rincones de nuestra casa sonaba Antonio Molina». Una saga familiar que le recuerda el cordón umbilical que le une con su patria: «No puedo vivir sin España; son mis raíces y no me las puedo arrancar. Cuando era un niño, mi madre se aseguraba de que leyéramos literatura española: Lorca, Pérez Galdós y Clarín. Nos acostaba con un relato o una poesía cada noche para que fuéramos conscientes de la cultura española. Ahora que soy menos joven, siempre vuelvo a los clásicos, son una parte muy importante de mi identidad, al igual que el arte, el cine y la comida». Trabajador incansable, solitario militante y radical defensor de una elegancia que no entiende de tendencias ni de marcas, Manolo ha convertido sus zapatos no solo en piezas artesanales capaces de plantarle batalla al paso del tiempo, sino en joyas de coleccionista deseadas por las mujeres más dispares del mundo. «Paciencia, pasión y trabajo». Esas son, en sus palabras, las claves de una trayectoria que viaja de Londres -donde están sus oficinas- a Milán -en la que fabrica sus modelos-, a Nueva York -sede de gran parte de su negocio- y a Bath y La Palma -donde sueña y dibuja sus colecciones-. Un ritmo frenético que no piensa aminorar en los próximos meses. Algo muy en su estilo.

 

La excusa que nos acerca esta vez al hombre que calza los sueños de miles de mujeres y de hombres es su primera exposición en The Wallace Collection de Londres (wallacollection.org): An Enquiring Mind. Manolo Blahnik at the Wallace Collection. La muestra es una excursión por sus obsesiones, con diálogos de amigos y referentes, en la que trufa sus diseños con las porcelanas, los cuadros franceses del siglo XVIII, las armas, la decoración y las antigüedades que se distribuyen en las salas de esta magnífica mansión de Marylebone. «Este sitio ha sido un punto de referencia para mí desde mis primeros días en Londres. Fue, y sigue siendo, uno de mis templos favoritos con la selección de arte más refinada. Me siento increíblemente honrado de ser parte del proyecto y de mostrar mi trabajo en el museo». De los zapatos acaramelados diseñados para la película Sofia Coppola, María Antonieta, que acompañan al cuadro de Jean-Honoré Fragonard, El Columpio, y el Retrato de Madame de Pompadour, de Boucher, a su obra de arte hecha calzado con incrustaciones de joyas que reflejan las cajas engastadas con diamantes y las miniaturas pintadas de su gabinete Boudoir. Y es que sus intereses culturales son ilimitados, propios de un hombre de otra época que no sabe entender el mundo sin esa belleza que él, zapato a zapato, ha contribuido a construir. Su vertiginosa vitalidad se transmite a través de los pies, y sus diseños encierran una mágica e inasible cualidad: el recuerdo. «Vivimos en un selfie continuo: me preocupa que los jóvenes crezcan sin memoria». La suya atesora una interminable lista de pasiones y obsesiones. «La muestra propone uno de mis juegos favoritos: descubrir historias que se han cruzado en mi camino y me han inspirado». Sus influencias se sostienen, además del cine, sobre un pilar sin el que no se puede entender su universo: la pintura.

 

 

No es difícil verlo pasear con ritmo acelerado por los museos, como tampoco lo es escucharle dar una amena y documentada charla sobre el séptimo arte italiano. «Cuando mi madre vivía, solía visitarla cada dos meses. La echo tremendamente de menos. Ahora viajo a España con menos frecuencia. Pero cuando voy, lo primero que hago es visitar El Prado, siempre encuentro inspiración allí. En los monjes de Zurbarán y sus sandalias: nada es más perfecto. Y también en Cayetana de Alba vista por Goya. No es mi pintor favorito, pero se fijaba en los zapatos, y los de La maja vestida son un hito para cualquier amante del calzado. El pie es fundamental para forjar la personalidad de los individuos. Eres como pisas». Solo le queda una obsesión por resolver: «Durante años he intentado averiguar lo que para mí es un secreto histórico: ¿Sabe alguien cómo iba calzada Juana la Loca durante su largo encierro? ¿Usted?».

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