NESPRESSO: VOLVER A LOS ORIGENES

March 7, 2018

Así como una cereza de café contiene dos granos, sus comienzos tienen dos historias. La marca volvió a las regiones africanas donde la historia comenzó, para crear dos versiones que logren transmitir el espíritu sensorial de los granos del origen de Arábica y Robusta

 

 

Un viaje a través de los sentidos para descubrir los lugares de nacimiento del café, es la propuesta de Nespresso con su nueva edición limitada: Arábica Ethiopia Harrar y Robusta Uganda. Estas nuevas variedades están inspiradas en los mitos cautivadores de los lugares donde se originó el café. Son historias de granos especiales que han sido minuciosamente trabajados para obtener el espíritu y perfil aromático propio de los granos de cada una de sus regiones productivas en África: Etiopía y Uganda.

 

El mito de la Arábica: un origen curioso

Transportándonos a las tierras ancestrales de Etiopía llegamos a la historia de Kaldi, un joven cuidador de cabras. En una hora de intenso calor, el joven pastor se quedó dormido bajo la sombra, mientras sus cabras se perdían en el horizonte. Al despertar, las encontró saltando y bailando alrededor de un extraño arbusto con cerezas rojas. Kaldi sorprendido las probó y sintió una gran euforia. 

Receloso de las misteriosas cerezas, un monje encendió una hoguera para quemarlas. Cuando comenzaron a emerger los deliciosos aromas del café, retiró los granos del fuego, los trituró y los mezcló con agua para conseguir una fascinante bebida.  El resultado fue el primer acercamiento al café de Arábica que conocemos hoy en día.


El mito de la Robusta: el vínculo de la unidad

Para descubrir el presunto lugar de nacimiento de este grano, nos situamos en la lejana tierra de Buganda, ahora conocida como Uganda. Allí, los granos de café Robusta formaban parte de un ritual familiar sagrado, que se celebraba a las orillas del lago Victoria.

Bajo las estrellas, dos familias se reunían en torno al fuego. Se partía a la mitad una única cereza de café Robusta y un miembro de cada familia comía uno de los dos granos que contenía. Las familias, que habían formado así un vínculo de amistad y lealtad, bailaban a la luz de las hogueras. Sus sombras, alargadas por el fuego, se extendían por las montañas que los rodeaban.

 

 

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