THIERRY MUGLER, EL ÚLTIMO PROVOCADOR

May 27, 2019

 

El rey del ceñido, de los bustiers, de la provocación, de las siluetas esculpidas… Thierry Mugler vuelve a brillar con la mayor retrospectiva de su universo, Couturissime. 

 

Por Claudia Sáiz

 

Hubo un tiempo, en los años 90, en que la prensa especializada iba a los desfiles de Thierry Mugler con el mismo ánimo con el que, un siglo antes, la gente acudía a las salas de cine: a contemplar un milagro. Modelos como la española Violeta Sánchez; tops, como Linda o Naomi; Íconos, como Carmen Dell’Orefce, y leyendas, como Tippi Hedren o Cyd Charisse, desfilaban vestidas de mujeres fatales, aves del paraíso, mantis religiosas o androides futuristas envueltas en una ovación. El Museo de Bellas Artes de Montreal (MMFA) presenta por primera vez Thierry Mugler: Couturissime, una retrospectiva sobre todas las facetas del «último genio», en palabras de Suzy Menkes: diseñador, fotógrafo, perfumista y realizador de videoclips como, por ejemplo, Too Funky, de George Michael. A través de 140 conjuntos, creados entre 1973 y 2001, el espectador asiste a un espectacular repaso de la moda reciente, tanto en el universo del prêt-à-porter como de la alta costura. Además, la exposición ha contado con la colaboración de escenógrafos como Michel Lemieux y Philipp Fürhofer, y se completa con fotografías firmadas por Richard Avedon, Guy Bourdin, Jean-Paul Goude, David LaChapelle, Helmut Newton y Herb Ritts. Sin embargo, ¿quién es este creador que recuerda a uno de los protagonistas de los cómics del artista Tom of Finland, que se hizo llamar Manfred y transformó su cuerpo con un régimen extremo y ejercicio, practicado con suma devoción?

 

 

Thierry aún recuerda la primera foto que tomó cuando era adolescente: un retrato de una de las principales bailarinas de la Ópera del Rin. Nació en Estrasburgo en 1948 y entró en la compañía con 14 años. Describe su infancia como «muy, muy difícil». «Nada me vino bien», comenta. «Me pareció que todo era muy, muy aburrido, muy, muy incómodo y me sentía muy, muy solo». Su padre era médico. Su madre aparentemente era considerada como "la mujer más elegante de la ciudad". «Ella era una estrella», apunta entusiasmado. «Una mujer muy bella y muy creativa». Ella hacía sus propias joyas y sombreros, y añadiría sus propios toques a los atuendos que compraba: puños de piel de mono a un traje rojo de crepé de Pierre Cardin. No en vano, ella también fue su primera musa. Sin embargo, él no se sentía cerca de ella –«No estaba cerca de nadie»– y admite que incluso hoy en día no está unido a la familia. 

 

 

Cuando todavía era un crío, abandonaba la escuela y se pasaba el día vagando por la parte antigua de Estrasburgo. Dice que pasó la mayor parte de su tiempo escribiendo obras teatrales, cosiendo disfraces y yendo al cine. A los 14, consiguió entrar en la Escuela de Artes Decorativas, dos años antes de la edad mínima habitual. Unos meses más tarde, no obstante, decidió unirse al cuerpo de baile de la Ópera del Rin, ‘forzó’ a su padre a firmar el contrato y se mudó de la casa familiar. Con el pequeño salario que recibió como bailarín, alquiló una pequeña habitación en la ciudad. 

A los 20, Mugler se había mudado a París en busca de una compañía de danza contemporánea. Pronto, sin embargo, se involucró más en el mundo de la moda y comenzó a hacer su propia ropa. «Eran diseños muy coloridos –asegura. Recuerdo que tenía un viejo abrigo militar que se arrastraba por el suelo y un par de pantalones, teñidos con todos los colores del arcoíris. También llevaba una enorme orquídea de plástico en la solapa y una chaqueta verde ácido con azul real, y botones en forma de estrellas». Rápidamente consiguió un trabajo como aparador de ventanas para una boutique parisina. Poco después, comenzó a crear ropa para las tiendas y, a finales de los 60, pasó varios años como diseñador independiente, viviendo entre Notting Hill y una casa flotante en Ámsterdam. Con el tiempo, su propio sello Thierry Mugler comenzó a ser objeto de deseo.

Mientras el resto del mundo de la moda todavía estaba en un viaje hippie, sus diseños esculpieron el cuerpo femenino: la sexualidad era manifiesta y había más que un toque militar. «Siempre he intentado sublimar el cuerpo y hacer que la gente sueñe», afirma. Su estilo armó parte de los años 80, liderando el camino para una generación de diseñadores, incluidos Jean Paul Gaultier y Azzedine Alaia. 

 

 

Sin embargo, las reacciones a la moda de Mugler no siempre han sido tan alegres. Las feministas lo han calificado de misógino, que convierte a las mujeres en objetos sexuales. Otros lo han acusado de adherirse a una estética fascista. «Quiero que mis modelos sean más grandes, más fuertes y más altos que los mortales comunes», dijo una vez. «Necesito superwomen y superhombres». Y la moda lo necesita a él. Necesita entre sus filas las puntas del último provocador.

 

 

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